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La Luz de la sombra (V)

por RICARDO GONZáLEZ ALFONSO  

"¡Ñoooooo, maldito cocuyón!", exclamaron los taínos cuando se apagaron a la vez todas las cocuyeras, las teas y hasta las fogatas del batey. Muy pocos sabían que era una orden del Cacique.

Un grupo de ancianos recordó que cuando ellos no levantaban media braza del piso, había siempre aceite de coco para las antorchas y abundaban los cocuyos, mientras otros aborígenes más viejos, por el contrario, aseguraban que hubo tiempos en que no había ni una chispita en los bajareques de Guanacabibes. Y aquellas voces y gestos seniles se enfrentaban en una discusión de sombras.

A la indiada juvenil le importaba un bejuco el ayer, por mucha luz o penumbra que hubiera tenido. Lo que le molestaba eran los cocuyones presentes, y sobre todo cuando le echaban a perder un buen dance-areíto, mientras que el Caney Central estaba tan iluminado como la hostelería Meliá de Triana. "Claro, ellos tienen velas de afuera", comentaban por lo bajo, pues detrás de cualquier jagüey se aparecía un lengüilargo de los Comités de Defensa Indígena.

Sin duda, para la mayoría cada cocuyón era la pesadilla de una noche de verano. Entre el calor y los mosquitos, con las hamacas raídas y el costillar por afuera, no había quien pudiera dormir.

Pero no todo era tan negro en la oscuridad. Algunos taínos, en complicidad con un Caribe de Vigilancia y Protección, aprovechaban las tinieblas para llevarse de los Almacenes Hatuey S.A. lo mismo una gorguera castellana, un dujo de exportación que una cabuya de nylon, y la cambiaban por un par de pepitas de oro al primer behique por cuenta propia que se encontraran, o por un doblón a cualquier ibérico. Y si no lograban resolver otra cosa que un cascabelito, hacían "bisne" con un siboney que estuviera detrás de la estaca.

Algunas parejas furtivas aprovechaban para subir el índice demográfico detrás de una majagua. Por otra parte, no faltaba nunca quien le diera al más pinto del tocoloro un macanazo para quitarle un poco de bija o un cohiba. Otros se valían de las sombras para irse en canoa, y no dejaban de remar hasta el otro lado de las aguas, donde nunca faltaba la carne de búfalo ni una buena fogata.

Los caribes más fieles al Cacique patrullaban la aldea con la macana en alto. A veces le pedían el códice de identidad a un guanabatabey, !y ay si no lo tenía! Otras, le bajaban la nagua a una jinetaína, y si ésta se resistía porque na'má le resolvía estar con un galleguibiri, la acusaban de diversionismo indiológico; si estaba de suerte, le cobraban sólo una pepita.

Tampoco faltaban taínos disidentes que se la desquitaban rayando en el tronco de una jagua: "¡Abajo el Cacique!". Eran los más valientes. Si los sorprendía una pareja de caribes le daban de macanazos; y si no andaban ligeros lo mismo lo juzgaban por propaganda apache, que lo enredaban en un robo de cocodrilos, y los condenaban por hurto y sacrificio de reptil mayor.

A medianoche, con aire de abuelo bonachón, el Máximo Cacique salía con una fósforo-tea de gas y prendía alguna que otra fogata, gesto que la tribu agradecía. Era una bondad de doble filo. Aprovechaba la ocasión para culpar a los apaches por los cocuyones, pues, según aseguraba, a causa del bloqueo no caía ni un rayo General Electric que encendiera algún árbol de Cubanacán.

Pero, a veces, el Cacique no podía salir pues estaba reunido con el Buró Paleolítico o porque caía un aguacero tremendo; entonces se oía durante la madrugada como un eco desesperado: "¡Ñoooooo, maldito cocuyón! ¡Maldito cocuyón! ¡Maldito cocuyón!"


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