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El caldero de la unidad (IV)

por RICARDO GONZáLEZ ALFONSO  

El Máximo Cacique echaba chispas. Desde las Lucayas hasta el Reino de Castilla y Aragón; desde Los Andes hasta el Cañón del Colorado, con sus malditos apaches, le pedían lo mismo: elecciones en Cubanacán.

Ordenó a los caribes que se disfrazaran de siboneyes, y hasta de jinetainas si era preciso, para que averiguaran qué opinaban los miembros de la tribu.

El resultado de la encuesta no se hizo esperar. Los taínos estaban en contra del desorden establecido. En los siboneyes, no se podía confiar mucho: los días de areito todos apoyaban al Cacique; pero no pasaban dos lunas y cualquiera se la dejaba en la mano, para irse a vivir con un pariente azteca o siux. Otro problema eran los guanatabeyes, muchos tal vez querían apoyarlo, pero eran tan seborucos que por error votarían en contra. Y para colmo –y eso lo omitía el informe– no podía fiarse de algunos caribes, dado la proliferación de la doble moral.

Una tarde, durante un monólogo con los miembros del Buró Paleolítico, el Cacique tomó una decisión que según afirmó resultaría histórica: la creación del Poder Tribal. La iniciativa se aprobó por unanimidad.

Tres soles después se convocó a una concentración en el Batey de la Repetición, donde el Cabecilla de los Consejos de Ancianos y Suministros aseguró: "Realizaremos unos comicios más democráticos que los atenienses. Los votos se depositarán en un caldero, pero, eso sí, en un solo caldero; ¡nada de pluricalderismo!, somos una sola tribu, y nos basta con un solo caldero: ¡El Caldero de la Unidad!" (OVACIÓN).

Un taíno defensor de los Derechos Araucanos propuso que se votara en varias vasijas. Argumentó que una tribu tiene muchas familias, éstas varios miembros, y todos no siempre piensan igual. Los caribes acusaron al taino disidente de estar al servicio de un tribu extranjera, y tuvo que irse con su canoa a otra parte.

Los Comités de Defensa Indígena explicaron a la indiada cómo sería la elección de marras. Se votaría con plumas. Los que apoyaran al Máximo Cacique depositarían en el Caldero de la Unidad la de una tiñosa, por ser un ave autóctona, humilde y útil; y quienes estuvieran en contra, con las de cualquier otro pajarraco, de modo que nadie pudiera decir que no hubo libertad de plumaje.

A la entrada del colegio electoral, una cueva próxima a la aldea, podía leerse una pictografía que aseguraba: ¡El Poder Tribal, ese sí es poder!; mientras el Caldero de la Unidad era custodiado por dos guanatabicicítos, para demostrar la pureza de los comicios.

Los taínos votaron con plumas de papagayos; los siboneyes con el plumerío de los guineos, pues al ser grisáceo quedaban bien con Semí y con Mabuya; a los guanatabeyes se les olvidó qué rayo debían llevar y algunos caribes llegaron exhibiendo el plumazo de las tiñosas, pero en la intimidad del sufragio emitieron su verdad con la blancura de las garzas.

A la hora del escrutinio todas las plumas eran negras. Los nativos se desconcertaron. En el caldero nadie vio el zumo, tan prieto, del fruto de la jagua.


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