A lo largo de la obra de Carlos Estévez se observa una preocupación sistemática por forjar un leguaje sobre el aprovechamiento de materiales capaces de expresar una especie de arqueología del alma y de la espiritualidad del hombre. Sus obras intentan crear un espacio en el que las diferentes esferas del saber y sus discursos argumentativos –la religión, las máquinas o la propia naturaleza– diluyan los límites que artificialmente han impuesto y que fragmentan y estancan el fluir de un mundo donde la armonía entre cuerpo y alma, entre lo natural y lo artificial, es un proceso continuo de vida, sin principio ni final.
 |
 |
 |
| Instalación Botellas al mar (Carlos Estévez) |
 |
En Arco 2001, Estévez presentó cuatros obras que forman parte de Mundos vivientes, un proyecto que hablaba sobre la fuerza espiritual que encarnan los objetos materiales, al entrar en relación e intercambio con el hombre, yendo más allá del sentido de uso cotidiano que éste le otorga.
Su marco cultural de referencia son esos países en los que la precariedad no permite a las personas reemplazar ciertos bienes materiales. En su lugar, invierten ingenio, tiempo y energía para recuperarlos, por lo que, a lo largo de sus vidas, llegan a establecer una relación especial de sentimiento y afecto hacia los objetos. Esta relación crea un aura mágico-religiosa sobre los mismos, dentro de la cual éstos pueden llegar a cobrar vidas para sus dueños.
Las obras expuestas, tanto en conjunto como individualmente, recogen ese espíritu, ese aura de que se rodean los objetos al calor de los sentimientos humanos. Al mismo tiempo, ilustran que las creaciones del hombre, por muy complicadas que sean, están basadas sobre el principio elemental de observación de la naturaleza. De ahí que representen la analogía entre elementos naturales y artificiales. De este modo podemos distinguir, por ejemplo, una libélula que es, a la vez, una especie de máquina de volar, o un girasol que se trastoca en molino de viento.
El carácter profundamente comunicativo de la obra de Estévez, tiene uno de sus ejemplos más logrados en el trabajo presentado en la última Bienal de La Habana: La ciudad y la existencia, que postula una forma de interrelación poética y antropológica entre los espacios y los seres que los habitan, centrando su atención en cómo el hombre crea, piensa y transforma esos espacios que ocupan después un lugar en su vida.