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Gallina a lo Yalodde
NATALIA BOLíVAR, La Habana  

Cuenta la leyenda que en mitad de la selva imaginaria de la tierra de los orishas, vivían Ochún, Oggún, Changó y Orula. Ochún, tan sensual, bella y erótica como liviana, vivía maritalmente con Changó, pero esto no le impedía flirtear con Oggún y con cualquier caminante que se perdiera en ese monte lleno de sorpresas.

Ochún
Ochún (Colección
privada de N. Bolivar)

Por ese entonces, Orula, baldado y en silla de ruedas, decidió registrarse buscando saber hasta cuándo duraría su desgracia. Se tiró el ékuele y le salió la letra Iroso Sa, que le recomendaba hacerse ebbó o limpieza a toda carrera. En este registro se le advertía también que tuviera mucho cuidado con el fuego, pues Changó se había percatado de las infidelidades de su mujer.

Ochún, apenada porque Orula, en su lecho de enfermo, no podía salir a buscar las cosas necesarias para hacer el ebbó, inmediatamente se las trajo. Orula le quedó muy agradecido.

Un día de primavera, mientras Ochún cocinaba una adié (gallina), la comida preferida de Orula, Changó acechaba para vengarse. Seguro de encontrar juntos a Ochún, Oggún y Orula, formó una gran tormenta y, con sus rayos implacables, le prendió fuego a la choza de Orula. Oggún salió corriendo. Orula, del susto, volvió a caminar y logró alcanzar la espesura. Ochún, quien buscaba orégano y albahaca para sazonar la adié, al ver las llamas, pensó en la invalidez del pobre Orula. A riesgo de su vida, penetró en la casa para salvarlo. Al no encontrarlo allí, desesperada y casi ahogada por el humo, salió llorando. Cuando vio a Orula, sano y salvo, en un clarito del monte, se abrazó a él. Emocionados, ambos se juraron amistad eterna. Orula le dijo: "Tú, que fuiste la pecadora, te acordaste de mí en los momentos más difíciles. De ahora en adelante, comerás conmigo. Haremos juntos nuestra comida predilecta, la adié. Te nombro, además, mi apetebi. Juntos andaremos los caminos de los oddún y de los hombres". He aquí el platillo que comieron ese día.

Gallina a lo Yalodde

Se troza la gallina en cuatro pedazos. Se fríen los trozos en poca grasa con sal, pimienta, jengibre, ajo machacado y tiras o rodajas de cebolla, muy finas. Aparte, se hace una salsa con harina, dos yemas de huevo bien batidas, perejil, albahaca y orégano de la tierra, todo muy bien picado. Se vierte la salsa sobre la carne y se deja a fuego muy lento, cuidando de que no espese demasiado. Para terminar, se le añade el zumo de un limón  criollo.


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