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Sin más curvas...
 
Un mundo genetiano rodeado de alambradas
CARLOS ESPINOSA DOMíNGUEZ, Miami Parte 1 / 2

Reinaldo Arenas vuelve de nuevo a ser noticia. Ediciones Universal, de Miami, acaba de incorporar a su catálogo una de sus novelas menos conocidas, Arturo, la estrella más brillante, que desde que la barcelonesa Editorial Montesinos publicó en 1984, no se había vuelto a reeditar. Una nueva oportunidad, pues, de volver sobre la obra de uno de los mayores talentos de la narrativa cubana del pasado siglo, uno de esos raros y empedernidos escritores, alucinados por la incesante creación, al decir de Ángel Rama.

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Creador de una obra tan abundante como diversificada, Arenas pasó de esa novela de aventuras que es El mundo alucinante –así la llamó, aunque en algunas ediciones se omite el subtítulo– al relato de tono más intimista en Arturo, la estrella más brillante, cuya escritura data de 1971. Si aquella novela era una obra expansiva, ahora opta por una obra centrípeta. Como él mismo confesó alguna vez, concebía el género narrativo como algo siempre nuevo, como un experimento que demanda un tono, un ritmo, un lenguaje y una estructura propios. Arenas aborda en Arturo... un tema que aparecerá tratado en otros libros suyos, el de las UMAP, aquellos campos de concentración para homosexuales que funcionaron en Cuba en la primera mitad de los años sesenta, y a los cuales también fueron a parar testigos de Jehová, negros de la religión abakuá, jóvenes católicos, disidentes políticos y adolescentes que desertaban del Servicio Militar Obligatorio. En uno de esos campos se encuentra Arturo, un joven de origen campesino cuyos antecedentes familiares aparecen en ese excelente relato La Vieja Rosa. Un día asistió a un concierto y a la salida cayó en una de las tantas "recogidas" que se convirtieron en una práctica común en La Habana. Ensimismado y huidizo, para sobrevivir en ese medio, se ve forzado a convertirse en un marica exhibicionista y amanerado más, que debe acceder a los requerimientos sexuales de los reclutas encargados de vigilarlos. Arturo conoce allí las humillaciones y agravios que la revolución destinaba a los que, como él, elegían una opción sexual diferente: "no les ponemos bandera, les decían los oficiales, porque ustedes no son dignos de ella, y a ellos no les molestaba ni esa ni ninguna ofensa, las encontraban lógicas, estaban tan imbuidos en su desgracia que ésta era ya casi una extensión natural de ellos mismos, algo inevitable, incambiable, como un castigo a perpetuidad, como una maldición del tiempo (...) y Arturo pensaba que si en algún momento los jefes, los otros, hubiesen determinado que ellos debían ser fusilados, se habrían dejado amarrar las manos tranquilamente (...) todos, sin protestar, con la ingenuidad de los animales, habrían reventado en silencio, todos, todos menos él".

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