Funcionarios del Gobierno cubano y del Buró Federal de Investigaciones, FBI, se reunieron tanto en Washington como en La Habana para intercambiar información sobre organizaciones de exiliados de Miami, afirmó un agente retirado del FBI en el juicio contra miembros de la Red Avispa de espionaje.
Stuart Hoyt, ex jefe de una unidad del FBI especializada en asuntos cubanos, precisó que miembros de esa agencia estadounidense hicieron dos o tres viajes a Cuba, y que oficiales cubanos trajeron algún tipo de información hace menos de dos años. Hoyt dijo desconocer los detalles de estos intercambios.
Joaquín Méndez, abogado defensor de uno de los supuestos espías cubanos de la Red, Fernando González, había indicado en uno de sus primeros alegatos que el FBI confiscó un barco con armas de los exiliados en el Río Miami gracias a información proporcionada por su cliente. Méndez busca probar que González no representaba una amenaza para la seguridad de Estados Unidos, sino que más bien cooperó con las autoridades de este país.
Pero otras revelaciones surgidas esta semana ponen en tela de juicio las buenas intenciones de los acusados Gerardo Hernández, Ramón Lavaniño, Antonio Guerrero, Rene González y Fernando González.
Documentos en poder de la fiscalía muestran que Antonio Guerrero intentó reclutar a un empleado de la base aérea de Cayo Hueso, cuyo padre trabajaba en la terminal naval de la base de Guantánamo. "Debido a los lazos militares de esta relación continuaremos desarrollándola y ofreceremos información en la medida en que la consigamos", escribió Guerrero en un informe enviado a Cuba.
La inteligencia cubana también le pidió información sobre otro empleado, un cubano, quien al parecer había escrito a sus familiares en la Isla expresando su deseo de regresar definitivamente.
Al parecer, la obsesión de la inteligencia cubana sigue siendo un posible ataque militar de Estados Unidos. Guerrero se vería atosigado con tanta información que le pedían desde La Habana: cantidad de visitas de altos oficiales, número desacostumbrado de efectivos militares, modernización del equipamiento e incluso sobre la suspensión de vacaciones y permisos.
En caso de la tan vanamente esperada invasión, deberían comunicarse con la misión cubana en la ONU mediante señales de beeper (localizador) o mensajes cifrados por computadora, trasmitidos por teléfono.
Ramón Lavaniño, considerado uno de los agentes cubanos más veteranos en Estados Unidos, estableció un centro de escucha de comunicaciones aéreas cerca de la base MacDill, en Tampa, de acuerdo con otros documentos presentados por la fiscalía. En los informes que enviaba a Cuba, el acusado recogía los nombres del código de los aviones, sus destinos y procedencias. En ocasiones se guiaba por el sonido de las naves para identificarlas.
Esta semana salió a relucir nuevamente la criptografía o lenguaje secreto que empleaban los presuntos espías para comunicarse con La Habana. Además de la Sección de Intereses en Washington y la misión ante la ONU en Nueva York, por lo menos las embajadas en México, Madrid y Nicaragua también están codificadas en el lenguaje de los espías.
El FBI logró descifrar el lenguaje codificado de la inteligencia cubana, lo que parece ser un hecho sin precedentes en las cuatro décadas de Guerra Fría entre La Habana y Washington.
Un ex oficial de inteligencia cubano ahora exiliado, José Cohen, quien no participa en el juicio, considera que este es el más duro golpe a los servicios cubanos de inteligencia en los últimos 41 años. "Cuba debe y tiene que estar muy preocupada", dijo Cohen, cuyo trabajo era espiar a los inversionistas extranjeros en la Isla. "Por lo que sabemos, el FBI podría estar descifrando las comunicaciones de Cuba con los narcotraficantes. Este es sólo el comienzo".
Pero la fiscalía sufrió un revés el martes, cuando las declaraciones de uno de sus testigos, el teniente coronel Christopher Winnie de la contrainteligencia del Comando Sur, le vinieron como anillo al dedo a la defensa. Winnie afirmó que sería difícil el acceso a esas instalaciones de un ciudadano estadounidense de origen cubano, porque las autoridades no podrían comprobar su pasado, requisito indispensable para esto.
El espía confeso Joseph Santos había declarado antes que recibió órdenes de penetrar el Comando Sur. Con su testimonio, la fiscalía busca probar la peligrosidad de los acusados —dos de los cuales se reunían con Santos—, mientras que la defensa quiere demostrar que ni Santos ni los demás representaron un peligro para la seguridad de Estados Unidos.