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Sin más curvas...
 
'Bakery'
ALEJANDRO RíOS, Miami Parte 1 / 2

No hay manera de que le digamos dulcerías a estos paraísos del paladar. No conozco a fondo otras reposterías del mundo. Ahora caigo en la cuenta de que las visité, quizás, sin reparar en sus particularidades.

Las de México son las más cercanas a mi memoria culinaria y en nada se parecen al bakery cubano de Miami. Allá, en la tierra de Pedro Infante, tomas una bandeja grande, de aluminio, y recorres las estanterías desbordantes de panes y otros dulces parecidos, y te sirves, y luego pagas al salir. No hay mucha ceremonia social en la operación. Ni se repara en el vecino, apenas un "disculpe" al tropezar.

En el sur de la Florida, ese país nada imaginario fabulado por los cubanos de Miami, la cosa es distinta y diferente. Algo ha quedado demostrado en el congestionado tráfico degustativo: tanto el amor como la idiosincrasia entran por la cocina.

Hace poco tuve la oportunidad de ver un documental de los años cincuenta sobre la Calle 23, llamada, promocionalmente, "El Broadway Cubano". Se trata de un material a todas luces contrarrevolucionario, porque el esplendor de su vitalidad cotidiana hiere los sentidos, y el contraste con la actualidad hace que obviemos los logros de la revolución en aras de una urdimbre urbana que funcionaba a través de aquellas pequeñas cosas que nos complacieron y sirvieron, a las que incuestionablemente teníamos derecho.

Algún amigo latinoamericano a quien se lo mostré parcialmente –sin revelarle el contexto–, me preguntó si se trataba de viejas imágenes de Miami. Lo que no podía sospechar siquiera el inquisitivo curioso era que en los años cincuenta Miami no podía exhibir el desarrollo que ya Cuba ostentaba.

La visión rotunda de las vidrieras de La Suiza –esquina de 12 y 23 en El Vedado– dispensando, de madrugada, las más variadas golosinas a un público cuantioso, desmantela, a nivel de barrio, la leyenda negra de la república que se frustró en 1959.

Luego vendría el olor embriagador de los dulces prohibidos en Sylvain (establecimiento para diplomáticos y extranjeros) y el fin de los panes de gloria y los coffee cakes de Monserrate, acompañados del eslavo Tatianoff y su tránsito traumático de oscuro y embriagado chocolate a panetela seca y pálida como la arena.

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