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Cine retrovisor
ALEJANDRO RíOS, Miami Parte 1 / 2

Hace cerca de una década, en Cuba, yo ni soñaba con afrontar los desafíos del tráfico como chofer. El riesgo se resumía a colgarme de un ómnibus acrobáticamente o esquivar baches y timones imprudentes encima de la bicicleta china, entre las más pesadas e ingratas del mundo.

Película
La 'película' en tiempo real

Ahora que todos los días me corresponde lanzarme a la aventura fascinante de calles, avenidas y carreteras rápidas, en la desparramada geografía de Miami, recuerdo las sabias palabras de Berrinche, un experimentado chofer del Ministerio de Cultura, al sermonearme sin que yo le preguntara: "Cuando manejes es tan importante mirar hacia delante como hacia atrás por los espejos retrovisores. Yo miro una vez al frente y dos atrás".

Guardé el consejo como una de las tantas curiosidades y ocurrencias de este habanero dicharachero y pícaro. Desde que conduzco, sin embargo, estar atento a los incidentes que acontecen detrás del vehículo, me ha evitado algunos incidentes desagradables.

Confieso, no sin cierta vergüenza por los amigos dejados atrás en la Isla, siempre ansiosos de novedades cinematográficas, que ya no asisto al cine con la temeraria regularidad y obsesión que lo hacía en Cuba.

Durante algunos festivales locales aprovecho para darme un banquete de séptimo arte rayano en la indigestión. El resto de las temporadas llegan pocas películas interesantes y busco innumerables razones para ir posponiendo la asistencia a la siempre seductora sala oscura. Con el paso de los meses termino alquilándolas para verlas en la comodidad del hogar casi siempre fragmentadas en distintas funciones, a la manera de las telenovelas, algo que es pecaminoso confesar.

En medio de este dilema se me ha ocurrido pensar que cada día, al afrontar la contienda del tráfico, me vuelvo el mismo espectador perseverante que solía ser, sólo que para disfrutar mis especiales sesiones de una modalidad que quiero llamar cine retrovisor.

Efectivamente, el espejo de la cabina vehicular, con su categoría formal de cinemascope, se ha vuelto la pantalla por donde desfilan, diariamente, los más fascinantes argumentos.

De tal modo, basta echar ojeadas a la pantalla de espejo para ir invocando, como en un hechizo, personajes y situaciones que emulan con las más rebuscadas secuencias del cine mudo.

El cine retrovisor carece, por supuesto, de la estabilidad aristotélica del original a la hora de contar una historia. Ni siquiera disfruta de las artimañas de nuevos directores fascinados por el vértigo de la imagen y el dinamismo, heredados de los vídeo clips musicales.

El cine retrovisor es un acto de magia voyeurista que nos permite asistir como fisgones a momentos de especial intimidad, cuando el actor desecha sus atributos histriónicos y se manifiesta desprotegido, sin afeites.

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