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Cine y bistec
ALEJANDRO ARMENGOL, Miami Parte 1 / 2

Debo dos cosas a Nat Chediak: el primer bistec con papas fritas decente que Sara y yo nos comimos al llegar a esta ciudad y el poder ver algunas de las mejores películas extranjeras que se produjeron en todo el mundo a lo largo de los 18 años del Festival de Cine de Miami.

Nat Chediak
Nat Chediak

Conocimos a Chediak gracias a Guillermo Cabrera Infante, cuando se preparaba a lanzar el evento. Debo confesar que no he sido un fanático, al estilo de Orlando Alomá, que todos los años pide vacaciones para asistir al mayor número de películas posible. Sin embargo, Chediak, el Festival y Miami formaron una trinidad que se incorporó a mi vida tras abandonar Cuba.

Lo curioso de esta unión es que es una asociación en la cual las diferencias llevan a las semejanzas. Chediak no responde a la tradicional imagen del miembro de la comunidad cubana, al estereotipo fácil que se alaba o critica. Al mismo tiempo, no deja de ser un miamense típico y de comportarse como un exiliado.

Por su parte, el Festival tampoco es un evento más, al estilo de los que se realizan casi todas las semanas en esta ciudad. En ocasiones, antes de que se afiliara en 1999 a la Universidad Internacional de la Florida (FIU), se hizo sin la cooperación, e incluso pese a la oposición, de las autoridades estatales.

De las traiciones locales –en 1985 el entonces comisionado y hoy alcalde de Miami, Joe Carollo, dijo: "Después de las elecciones, nos ocuparemos del financiamiento [del festival]", y luego votó en contra de éste– a las amenazas estatales –en mayo de 1990, el que era en esos momentos secretario de estado de la Florida, Jim Smith, tras la exhibición de The Cook, The Thief, His Wife and Her Lover, envió un fax en que enfatizaba que películas de ese tipo ponían en peligro la concesión de fondos estatales–, Chediak tiene material para un libro sobre los recursos interminables de la intolerancia y la censura. Pese a todo, no concibo una celebración, con iguales características en otra parte que no sea Miami.

El Festival no desaparece, pero –pesimista que soy– me imagino que corre el peligro de convertirse en algo tan soso como ir de compras los domingos a un supermercado Publix, con su anaquel de productos étnicos (desde frijoles negros y pasta de guayaba a tortillas y quesadillas) y con cambios periódicos en la colocación de los productos en oferta: ese viejo truco barato que convierte a lo novedoso en fastidio.

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