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La importancia de llamarse Zoé
ALEJANDRO RíOS, Miami Parte 1 / 2

Hace años, cuando fui jurado de la FIPRESCI en un Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, me tropiezo, en un restaurante del hotel Habana Libre donde nos autorizaban a deglutir alimentos cual invitados extranjeros, con Zoé Valdés, quien servía de cicerone a la mítica actriz Dominique Sanda. El cruce fue breve, a punto de sumergirme en la mesa sueca ("las minas de Matahambre" durante los diez días que durara el evento) y Zoé me suelta una de sus dagas: "Si ésta sigue comiendo mierda con la dieta macrobiótica aquí, se muere de hambre".

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En otra oportunidad, unos escritores amigos que habían sido invitados por un periódico comunista a recorrer París, trajeron entre sus crónicas del viejo mundo –a los cubanos les priva contar sus viajes a los insulares que no ostentan esos privilegios–, las herejías de Zoé Valdés, quien no parecía comportarse dentro de los cánones del grupo diplomático revolucionario al cual pertenecía por entonces.

Así era y sigue siendo de solitaria e irreverente, atributos que trasladó desde siempre a su narrativa, capaz de despertar enconos y pasiones.

Al presentarse por primera vez en la Feria Internacional del Libro de Miami (1997), convocó la más grande audiencia que haya tenido autor alguno en los anales del evento. Recuerdo que su comparecencia coincidió con la muerte de Jorge Mas Canosa, personalidad indiscutible del exilio cubano de Miami, a quien Zoé dedicó la velada con un aché para su alma.

Entre quienes la entrevistaron para la televisión durante esos días estuvo su colega Jaime Bayly. Hubo un momento de la conversación cuando el novelista peruano pensaba que Zoé recurría a un cubanismo desconocido al hablar de cierta infección que había contraído por la falta de agua e higiene en la Cuba que le tocó vivir y, ante la duda, la interpelada se vio en la obligación de ser explícita: "Es una enfermedad del pipi de las mujeres". El audaz entrevistador se sintió contrariado con la inesperada sinceridad y pidió ir a comerciales.

Se sabe que hay cubanos que llegan a París, no sólo a ver la torre Eiffel y los Campos Elíseos, sino que preguntan ¿dónde vive Zoé? y si dan con ella, le solicitan su madrinazgo: "Bautízame a mi hijo, por favor".

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