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Luces de la ciudad
ALEJANDRO RíOS, Miami Parte 1 / 2

Las ceremonias de graduación en Miami siempre logran emocionarme. Ya van ocho en Miami-Dade Community College –en los nueve años que llevo laborando en esta universidad–, y no me acostumbro. Es una combinación de acto solemne con fiesta popular, rostros luminosos de familiares humildes, deslumbrados por el orgullo de haber llegado, gritería y nerviosismo.

Emily Pérez
Higienista dental Emily Pérez.
Graduación en el MDCC

Apenas recuerdo, sin embargo, mi ceremonia en La Universidad de La Habana si no fuera por quienes se diplomaron conmigo. Gente famosa, impelida a estudiar siguiendo consignas eventuales de universalización académica. Allí estaban la anciana directora de televisión Cuqui Ponce de León; el payaso Trompoloco, Edwin Fernández, y su esposa rubia quien siempre hacía de princesa en el programa Aventuras; Gina Cabrera, quien como un fantasma de otra época, asistía a clases luego de grabar un Teatro ICR (la T vendría después), pertrechada de croquetas celestiales (que se pegaban al cielo de la boca) de la cafetería La Arcada (conocida clandestinamente como "La Asqueada"), envueltas en papel gaceta con tufo etílico y textos de Chejov (los libretos eran reproducidos por un ditto que utilizaba alcohol); Maritza Rosales, dramática, siempre "en personaje", bella y profunda voz, de quien se contaban historias de devoradora de hombres, por entonces su objeto del deseo era un joven taxista.

Pero mi graduación de sexto grado es, realmente, la única que rememoro como deben ser las ceremonias de este tipo. Eran los años sesenta y el reparto La Habana del Este (hoy Camilo Cienfuegos) estaba recién estrenado por nosotros, los llamados repatriados, que habíamos hecho el viaje contrario: Hialeah-La Habana, esperanzados en la revolución para los humildes. Fe del Valle (Fó del Bollo, recordábamos con crueldad los adolescentes a la mártir del incendio de la tienda El Encanto) era el nombre del Círculo Social Obrero donde acontecería el evento.

Maestras de la vieja escuela, quienes luego serían "depuradas" por la ofensiva revolucionaria a finales de los años sesenta, se ocupaban minuciosamente de los preparativos. La idea más difícil de llevar a la práctica: todos los alumnos debíamos vestir de blanco con un lacito negro cuando ya la escasez importunaba cada rincón de nuestras vidas.

Mi mamá logró que un vecino marinero le donara un pantalón blanco que ella redujo, con artes de birlibirloque, a mi talla. El lazo y la camisa de hilo habían cruzado conmigo el estrecho de la Florida. Durante un momento de euforia en la festividad, mientras la alumna más rutilante nos regalaba una versión danzada de La bailarina española, de José Martí, la tela de la espalda de mi magro atuendo se abrió de arriba abajo como si se tratara de un zipper mágico. Por suerte, a esa edad, el ridículo tiene una arista de humor, ciertamente salvadora.

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