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Ese innombrable que llevamos dentro
ALEJANDRO RíOS, Miami Parte 1 / 2

Estábamos en Cuba y alguien cercano al Instituto de Arte e Industria Cinematográficos había conseguido, por algunas horas, uno de esos magníficos y malditos documentales de Néstor Almendros. Pepe Rodríguez Feo ofreció, inmediatamente, su minúscula garçonière, en El Vedado, para ver el filme. Su condescendencia era extrema: había terminado de almorzar en la UNEAC, como era su costumbre, y se disponía a tomar rigurosa y aristocrática siesta.

La función devino delicioso ágape conspirativo. En el más absoluto silencio, vimos absortos aquel desfile de testimonios devastadores sobre la historia oscura de la revolución. Nos llamó particularmente la atención uno de ellos, en el que una suerte de juglar callejero nos alertaba sobre ese Fidel Castro que todos llevamos dentro.

Pasó el tiempo y casi recién llegado Miami recibí la llamada del poeta Alejandro Lorenzo para que no dejara de ir a cierto teatro donde un importante escritor y actor tal vez haría una de sus últimas presentaciones porque estaba enfermo de muerte.

Hoy lamento no haber relacionado a aquel juglar del filme de Almendros con este otro que casi se despedía de su público en Miami y haberme perdido, en vivo, al artista total que fue René Ariza.

Afortunadamente, gracias a Almendros y más recientemente al cineasta Rubén Lavernia, con su documental Retrato inconcluso de René Ariza, (1998), ese hombre enfebrecido de creatividad ha quedado para siempre entre nosotros, porque, como ya se sabe, el cine es la más probable inmortalidad a la que puede aspirar la implacable finitud.

Ahora que el filme de Julian Schnabel ha resucitado la figura de Reinaldo Arenas y, con él, su historia de paria, que no es exclusiva, por cierto, es conveniente traer a colación casos como el de Ariza, quien sufrió en carne propia la parametración carcelaria cuando otros la padecieron con más baja intensidad. La represión tuvo y tiene sus matices.

Durante los duros años setenta no pocos intelectuales fueron sometidos a cruel marginación: grandes temporadas sin poder publicar ni una letra; desempeño de oficios deleznables, como servirle el café a Nicolás Guillén y sus invitados, o ser escribano de un geógrafo mediocre. En fin, purgar penas imprecisas porque lo indefinido, el no saber de dónde puede llegar el castigo, pertenece al placer totalitario. A estos intelectuales les mostraron los instrumentos de tortura, como medida de prevención, pero no los acostaron en el potro del tormento.

El emblemático caso Padilla, paradójicamente, opacó, por su publicidad, manipulación y alcance, otras circunstancias de feroz represión que lo antecedieron y precedieron.

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