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Álvarez Guedes: el sentido de la comedia
EMILIO ICHIKAWA MORIN, Miami  

A pesar de las consabidas dificultades para admirar que los cubanos compartimos con los españoles, nuestro juicio público puede llegar a ser muy generoso con algunas figuras mimadas. Si para el vecino tenemos reconocimientos discretos, el genio consigue a veces epítetos rimbombantes.

Una charla había ante un salmón de plata, cuando el antropólogo mayor intervino: "Palabras cubanas. ¡Diganme algo de le ronca!" Y después: "¿De donde salió eso de comemierdería?"

En L'Almanach des Sports, ya en 1899, se reconocía la versatilidad deportiva de Ramón Fonst, quien era muy bueno en esgrima y buenísimo en otros deportes de combate. Joseph Renaud, sin controlarse, le califico como el Pico de la Mirándola de los deportes. No hace mucho el poeta Orlando González Esteva nos recordaba, en el centenario de Rita Montaner, que le decían la Única y, al Benny More, como se sabe, el bárbaro del ritmo.

Digo todo esto porque hace unos días nos reunimos en Kendall para matar uno de esos lunes tremendos que se creen invencibles. Junto a algunos periodistas y escritores se encontraba un ilustre músico cubano que, ¡vaya lío!, por aquello de vivir dentro de Cuba no sé si es conveniente decir su nombre (un dato: tocaba el címbalo en una orquesta de Chambas). Pero lo importante aquí no son los viajeros o los invitados sino el anfitrión: el señor Guillermo Álvarez Guedes.

Sabedor de la mencionada tradición bautismal, decidí buscarle algún título que le distinguiera y creo que este es el más exacto: Álvarez Guedes es nuestro antropólogo mayor. Pocos como él han penetrado con tanta hondura en esa criatura que aspira a especie, clasificada como "el cubano"; y creo que nadie goza de reconocimiento tan unánime en ambas orillas. Si hubiera que escoger algún embajador para el tan esperado encuentro, yo lo propondría a él y no a ninguno de nuestros políticos. "Nuestros políticos" he dicho. El solo es un abrazo cubano: crítico del autoritarismo político, no duda en reconocer la amistad que lo unió a Marcos Behemaras, un comunista de toda la vida, de cuando "no era negocio ser comunista".

Aquella noche indagamos en la Cuba profunda: en su comida, su música, las formas de noviar; pero sobre todo, en los mensajes de sus giros lingüísticos, en la jerga cubana. Una charla había ante un salmón de plata, cuando el antropólogo mayor intervino: "Palabras cubanas. ¡Diganme algo de le ronca!" Y después: "¿De donde salió eso de comemierderķa?"

Álvarez Guedes hace historia a su manera. Cuenta sobre la llegada al poder de los barbudos; de los interventores en la CMQ; de los viejos trucos de los nuevos pícaros, de las ocurrencias de Cataneo, los imprevistos de Juana Bacallao y los plagios y miedos de Enrique Nuñez Rodríguez. Y además, recuenta los avatares de sus propios chistes, como aquel de hace mas de veinte años donde imaginaba las reacciones ante las cámaras de la televisión de la mujer del primer cosmonauta cubano, Cheo Gómez, a quien los Municipios en el exilio quisieron congratular bautizando con su nombre unas de las calles de Miami.

Si el hombre ha dispuesto que la realidad imite al arte, la comunidad cubana imita a sus chistes. Desde hace mas de una década los cubanos ya no se conforman con rotular calles con los nombres de sus héroes y mártires fallecidos, también las regalan a sus vivos. Así, la ciudad expone su paseo Luis Sabines, presidente de la Cámara Latina de Comercio; decisión que estimuló una estela de nombramientos más. Este hábito ha dado lugar a direcciones sorprendentes: Olga Guillot esquina a Thomas Jefferson, Celia Cruz buscando Ronald Reagan.

Los recuerdos de Guillermo Álvarez Guedes son sorprendentes; la naturaleza artística de su mente ha grabado zonas insólitas del proceso revolucionario que desnudan la naturaleza cubana. Por ejemplo, aquellos juicios crueles y a veces ridículos del principio donde un hombre gritaba a una turba justiciera que le miraba con ansias: "¡Yo soy un mariguanero, no chivato!". Y aquel que le echaron 20 años en Camagüey, quince en Las Villas, diez en Matanzas y diez más en La Habana, y que al escuchar la sentencia exclamó: "¡coño, que jodedores son ustedes!". O el viejo que se sorprendía ante la condena de 30 años y le reclamaba al juez: "¿Pero tú te crees que yo soy un elefante?".

Fue aquella sin dudas una noche excepcional para gustar lo cubano entre conjuros, música y amigos. La memoria y la intuición sociológica de Guillermo Álvarez Guedes nos ha alegrado a todos. Y al parecer eso es muy bueno.


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