Los niños y adolescentes cubanos pueden lucir nombres inimaginables, fonéticamente excéntricos, algunos casi impronunciables. El afán de originalidad de los padres a la hora de nombrar a sus hijos comenzó en la década de los setenta, con la avalancha de apelativos rusos como Katia, Iván o Igor. También nacieron niños a quienes llamaron con palabras que no existían, que eran obscenas o que, sencillamente, les sonaban bien a algunos adultos, que no averiguaban mucho su significado antes de bautizar a la criatura. Es el caso del extendido Kirenia, que significa, en ruso, basura.
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Nombres impronunciables. Las nuevas
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Después se sucedieron las combinaciones del nombre del padre y la madre, de donde resultaron, por ejemplo, las Joselys (hija de José y Aracelys). También se invirtió el nombre de alguno de los progenitores, es el caso de Iadnara, hija de Ariadna. Luego llegaron palabras más complejas, cuya terminación era siempre leidy (lady, señorita en inglés), y proliferaron las Yunisleydis, Mileidis, Zuleydis, etc. En Guantánamo se hizo muy popular el nombre Usnavi o Yusnavi, que no era más que la lectura que hicieron algunos guantanameros de la identificación que llevan los barcos que atracan en la base naval, es decir, US Navy. Las telenovelas de diferentes nacionalidades también dejaron su estela, con los Hassam y las Malú.
Ahora la revista Cuba Foreing Trade se pregunta cómo se llamarán los empresarios cubanos dentro de 20 años. Tomando como referencia los nombres que empiezan a aparecer en el béisbol, los reporteros de la publicación comienzan a dudar del origen castellano del idioma que hablamos en Cuba. Más de 60 peloteros en activo tienen nombres que comienzan con Y (Yosvany, Yobal, Yuslán, Yunier, Yulieski, Yoandry, Yadel, Yunior, Yordanis, Yonger o Yandry, por ejemplo).
Sin embargo, los cubanos parecen reivindicar su derecho a llamar a sus hijos como mejor les venga en gana, a pesar de la disposición de la Oficina Nacional de Identidad de no aceptar ningún nombre que lleve más de tres consonantes seguidas, lo que lo haría impronunciable en castellano. Las madres dedican buena parte de su embarazo a hacer largas listas de nombres e imposibles combinaciones de letras, hasta dar con una palabra verdaderamente original, que suene bien y que no luzca ningún vecino. Es una de las pocas libertades que todavía les queda a los habitantes de la Isla.