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De acuerdo a los tradicionales criterios temporales yo ya no soy un joven. Mi hija es una adolescente y comienzo a peinar –y disimular– mis primeras canas. Pero por temperamento y vocación soy altamente sensible a los problemas, inquietudes y proyecciones de la juventud. En todo tiempo y lugar la juventud significa para el individuo la etapa de formación y definición que marcará el resto de su ciclo vital; para la sociedad, el estrato más dinámico y activo, siempre colocado en el centro de todo proceso de avance y desarrollo. No por gusto todo proyecto social, cultural o político, trata de convocar a los más jóvenes. No podría ser menos un proceso de innegable trascendencia como la revolución cubana, que ha marcado la vida y destino de nuestra nación por casi medio siglo, y a la cual varias generaciones han entregado esfuerzos y energías con la esperanza de que llenaría las más altas expectativas y los más legítimos anhelos de todo un pueblo. Así, en cada circunstancia y coyuntura las nuevas generaciones han entregado a la "obra" su talento y capacidad en los más diversos campos y latitudes. Desde la temprana campaña de alfabetización, hasta las interminables movilizaciones agrícolas y las inexplicables guerras africanas, muchas "tareas y esfuerzos" han sido sazonados con el sudor y la sangre de los jóvenes cubanos. Durante las primeras décadas de la revolución los jóvenes enfrentaron retos y sacrificios convencidos de que hacían una contribución capital a la construcción de ese futuro tantas veces prometido de desarrollo, bienestar y justicia. Pero el retroceso irreversible del proyecto revolucionario, manifestado en una crisis generalizada que sólo podrá resolverse transformando la esencia y la estructura del modelo agotado, afecta a los jóvenes en su formación, realidad inmediata y horizontes de vida. Cuando los ideales no encuentran respuesta y perspectiva en los espacios y estructuras vigentes –sea cual fuere el sistema político–, sobrevienen las frustraciones personales y las conmociones sociales. Ante la crisis, lejos de abrir nuevos canales y espacios de expresión y desenvolvimiento social, las autoridades cubanas han activado mecanismos que, encaminados a mantener poderes y afianzar dominios, provocan la frustración y la exclusión. Los jóvenes, especialmente, muestran rechazo e indiferencia al discurso y estructura vigentes. El escape o la respuesta de muchos jóvenes al vacío de expectativas son fenómenos y actitudes preocupantes: doble moral, ilegalidad, prostitución, fanatismo religioso, exilio, etc. Todos ellos hacen mella profunda en nuestro cuerpo moral y espiritual, y comprometen desde ya la formación de los cubanos del futuro. Para los jóvenes de hoy esta percepción clara y cruda de la realidad constituye a la vez una desventaja sicológica y una ventaja sociológica con relación a sus predecesores generacionales, puesto que si bien en sus sacrificios y traumas no tienen el aliciente del "futuro promisorio", sí pueden percibir la necesidad de definir y afianzar los valores y principios que podrán salvarlos como individuos y hacernos renacer como sociedad. Los jóvenes cubanos deben asumir el trauma de no tener presente dispuestos a luchar por su futuro. Sólo apoyados en esa firmeza de valores y en ese compromiso propio podrán decirle –por el momento en voz muy baja– a los "revolucionarios" pretendidamente históricos: ustedes tienen todo el poder, pero nosotros tenemos todo el tiempo.
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