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Lenguaje, autoestima y construcción democrática
MANUEL CUESTA MORúA, La Habana Parte 1 / 2

Siempre pienso que el mejor estilo de conducir un debate productivo es asumir lo que los demás creen de sí mismos. Si no actuamos de este modo, y en cualquier intercambio, corremos el riesgo psicológico de no entendernos con los otros, e incurrimos en el error, casi de método, de hacer análisis que distorsionan y no guardan correspondencia con lo que queremos debatir.

Candidatos

Si conversa con una mujer que considera una prostituta, averigüe primero cómo se concibe ella a sí misma. Es la única manera de lograr una comunicación medianamente decente y de visualizar al ser humano detrás de cualquier categoría. Es muy probable que la mujer sea, en efecto, lo que usted cree, pero es posible, y mejor, que ella lo vea a usted como un sujeto para el diálogo, no como un sujeto para la guerra.

Cuando el término "salvaje" apareció en boca del primer antropólogo, pudo ser así por la incomunicación que mediaba entre el puesto de observación y el puesto observado. Hoy la antropología utiliza el concepto de etnia, y está claro que sabe mucho más sobre los otros y que ambos, antropólogos y antropologados, no cruzan miradas hostiles.

Para el debate político –mi experiencia en el torneo lingüístico así lo avala– esta técnica es mucho más preciosa. Recordemos que la buena política controla las pasiones pero que ninguna política las hace desaparecer.

El régimen cubano se cree democrático. Muchos de sus seguidores piensan que, en efecto, lo es. Por más que uno se empeña en mostrar el reverso, quienes lo defienden se empecinan en enseñar el anverso. Y dos obstinaciones que chocan hacen cualquier cosa menos comunicarse. Con ello, los vencedores no vencen y los detractores no avanzan.

¿Quién es o quiénes son los culpables de que no haya entendimiento una vez que un debate de este tipo se inicia? Eufemísticamente hablando, mis dispositivos de comunicación. Dicho en forma descarnada, yo mismo.

He conversado con muchos cubanos sobre política. Y cuando en algunas ocasiones he afirmado con rotundidad académica que Cuba no es una democracia, todo se ha ido a bolina. Ha sido el inicio de una guerra de la que he sabido retirarme a tiempo para preservar intacta mi única vocación política: la del diálogo.

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