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La versión oficial da pie a numerosas interrogantes. Si se trató de una acción espontánea, no coordinada, ¿por qué al "13 de Marzo", en plena madrugada, le aguardaban varios remolcadores a la entrada de la bahía? ¿Y por qué precisamente remolcadores, un tipo de embarcación que por sus características era la ideal para interceptar a los prófugos? ¿Por qué estos "centinelas" dejaron que el barco continuará su huida? ¿Por qué la intercepción se produjo a unas siete millas de la costa, exactamente donde no podía ser avistada desde tierra por testigos indeseables, pero aún en aguas juridiccionales cubanas? ¿Cómo es posible que habiendo sido informadas de la fuga desde un principio, las lanchas rápidas de Guardafronteras hayan demorado una hora y veinte minutos en arribar al lugar de los hechos? ¿Por qué no se hizo pública una lista con los nombres de los desaparecidos, cadáveres rescatados y sobrevivientes? ¿Por qué no se entrevistó a los cerca de veinte sobrevivientes que permanecieron detenidos por varios días en Villa Marista? Pero todas estas preguntas pierden relevancia cuando se formula la interrogante fundamental: ¿por qué no se celebra el proceso que esclarecerá de una vez y por todas si lo ocurrido fue un accidente o un crimen? Porque si fue lo primero, lo urgente, lo lógico, lo establecido es poner a los implicados ante un juez, un abogado defensor y un fiscal, para que se imparta justicia. Así sucede cuando se produce cualquier accidente de tráfico, sobre todo si hay víctimas mortales: no se da por establecida la inocencia del conductor en cuestión, antes se averigua. Y en Cuba, desde 1959, los acusados están en la obligación de probar su inocencia. Entretanto, la masacre del remolcador "13 de Marzo" –más que las de Canimar, Cojimar, la base de Guantánamo, etc.– ha pasado a ser patrimonio de la memoria colectiva del exilio, y aun de buena parte del "insilio". A la simbología del castrismo, de la llamada revolución, se está oponiendo, con creciente fluidez, la simbología de sus víctimas; el momento llegará en que la última se imponga a la primera, a pesar de que ésta juega con ventaja. De cualquier manera la imagen es pavorosa (y duele, duele): una muchacha protege a su hijo pequeño de los chorros de agua a presión mientras grita, casi murmura, "nos van a matar a los niños… nos van a matar a los niños…". Ella se rendía, pero inútilmente. Ella se rendía, y sus verdugos se burlaban. Ella se rendía, pero en la memoria de una nación que ya es diáspora y reminiscencia, fuga y perenne retorno, el Remolcador no se rinde.
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