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Decir tinieblas ¿decir jamás?
RAúL RIVERO, La Habana  

Lo que más duele bajo una dictadura no es el odio que se prodiga. Es el amor que se pierde, la ternura que se desperdicia y el cariño que se congela.

Lo sé muy bien. Lo sé mediante el dudoso lujo de mi experiencia y lo percibo en conversaciones con poetas y escritores que viven fuera y dentro de Cuba.

El resentimiento tiene, cuando se decreta y esparce por razones políticas, una base muy débil y cualquier otro sentimiento superior lo desplaza enseguida, lo disuelve y lo deja teñido de negro en la tinta de luto de la propaganda.

Lo que pasa es que las distancias que impone, las separaciones que consigue y los olvidos que propone en el tiempo de la vida de un hombre, instalan en el corazón de cualquiera un universo de desamor, ex amor y desarraigo.

Estoy leyendo, con 15 años de retraso, La canción de las esferas, un libro de poemas que escribió en el exilio el poeta cubano Andrés Reynaldo, quien vivió 27 años de su vida como aspirante a pescador en el Malecón y lleva 21 con el anzuelo vacío en la desembocadura del Hudson y los canales de Miami.

Nadie sabe la edad exacta de los libros buenos. Los mensajes que trasmite La canción de las esferas tienen la fuerza de las lealtades, la sabiduría del equilibrio y el gesto contenido de alguien que está a punto de ponerse a llorar y llega a la lucidez de hallar una frase o una palabra que lo sostenga.

Ésta es una poesía hecha con las notas minuciosas de fragmentos de la vida. Unos poemas que se levantan verso a verso sobre los recuerdos de la infancia y la adolescencia y que el poeta mete en una coctelera con la experiencia un poco salvaje y dura del exilio, que muchas veces quiere decir soledad, a secas.

Es poesía marcada también por la inteligencia, por una cierta ironía o picardía habanera donde las frustraciones, los primeros amores, los juguetes, los patios interiores y las fotos de familia reciben un tratamiento especial a partir de una combinación de aguarrás, dolor y perdón.

En la terraza de sombras de La Última Instancia, la ahora clausurada paladar de Carlos Téllez, en El Vedado, se hizo una lectura de este libro. Fue un encuentro íntimo, cerrado, del que salimos con la certeza de que habíamos recuperado algo muy nuestro. No sólo la música y el poder del poeta, sino, lo más importante, a Reynaldo mismo, aunque cada uno tuviera en la cabeza un rostro diferente de Andrés.

Voy a evocar, al final, un poema titulado De la importancia del arte porque no puedo dejar de llamar la atención sobre un texto que cite al mismo tiempo a Eusebio Leal y a Jesucristo. A Frémez y al Papa, a José Martí y a Paquito D'Rivera.

Oh Franz Hals, retrata a Andrés también.


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