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Al principio de la creación, se reunieron los grandes poderes de la tierra: la Sabiduría, la Riqueza, los reyes y los emperadores. Ellos discutían y cada cual defendía sus cualidades y hacía valer lo que creían poseer: grandeza, omnipotencia o sapiencia. De tanto discutir, decidieron consultar al justo Obatalá; pero como éste vio lo complicado del asunto, les sugirió ir a ver a Olofi, dueño absoluto del poder supremo, de quien él sólo era intermediario. Pasado un tiempo, seguían las disputas. Los poderes decidieron ir a molestar a Olofi, quien oyó con paciencia lo que tenían que decirle. Uno de ellos afirmaba que el solo hecho de tener poder lo hacía todopoderoso a lo que Olofi contestó: "Lo que ustedes tienen ha sido obtenido sin respeto para nada ni para nadie. Emperadores y reyes han gobernado a costa de la injusticia y de las calamidades que padecen hombres y mujeres, así que su poder resulta transitorio". La Sabiduría preguntó: "¿Y el mío?". Olofi respondió: "Veo que preguntas con gran arrogancia, como si lo que supieras fuera lo esencial para la vida. Todo tu saber se basa en leyendas y conocimientos de una parte de la humanidad. Como no has podido probar un total conocimiento del mundo, eres sabia en la parte de la tierra que habitas; en las otras partes te ignoran y te desconocen. ¿Y tú, Riqueza? Quienes te poseen es a expensas de la gran miseria y del hambre de millones de seres humanos". Todos se quedaron asombrados ante la lógica de Olofi y le preguntaron: "Pero usted, Babá, todavía no ha dicho sus grandes conocimientos". A lo que Olofi contestó: "Desde hoy en lo adelante, quiero que sepan que, por encima de todos ustedes, solamente reinará por los siglos de los siglos, un solo poder definitivo y estable. No se apuren tanto en querer conocerlo, pues es un poder único, invencible: el de Su Majestad, la Muerte. Ella reinará sobre todos, por mandato mío, y nunca descansará. Ante sus pies caerán reyes y emperadores, sabiduría y riquezas… todos los seres de la creación. Así que ríndanle pleitesía a Su Majestad, la Muerte, única, pero justa soberana. Ante ella no hay ricos ni pobres, poderosos ni desamparados; mide a todos por igual. La Sabiduría no ha podido convencerla, porque los sabios no han podido descubrir sus designios; la Riqueza no ha podido comprarla, pues no tiene precio; no tiene raza ni color. Los poderosos no han podido vencerla. Ella sólo obedecerá mis mandatos".
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