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Todo tiene remedio, menos la muerte, afirma la sabiduría popular. Ella es la mayor calamidad que le puede sobrevenir al hombre. Ni siquiera quienes creen en una vida celestial o en la reencarnación la perciben sin sobrecogimiento. Porque si el nacimiento –otra experiencia única– podría tomarse como símbolo de la posibilidad de conocimiento, recuerdo y unión, la muerte, como su antítesis, equivaldría a desconocimiento, olvido y separación.
La lucha contra la muerte y contra todo lo que conduce a ella es una batalla que viene librando el hombre aun antes de comenzar a escribir su historia: batalla crudelísima y desigual que otorga circunstancialmente triunfos al ser humano, pero que, de manera indefectible, termina con la victoria de la Parca. La vida y la muerte no son dos realidades abstractas, sino dos reinos contrapuestos. Sin embargo, la muerte no es comprendida sólo en su sentido de espacio, sino dinámicamente, como poder mortífero. El poder de la muerte misma y de las entidades que lo ejercen estaban supeditadas a la voluntad suprema de Dios. Dondequiera que la muerte ejerciera su poder era posible hablar de la existencia del reino de los muertos. Las diversas religiones conocidas por la humanidad, a través de los tiempos, han tratado de facilitar a sus creyentes el instante de dos hechos biológicos distintos y trascendentales: el tránsito de la vida a la muerte, ofreciéndoles la continuación de esa estadía terrenal en el más allá desconocido, donde no hay referencia alguna de cómo vive, después de muerta, una persona. Las religiones de origen africano practicadas en Cuba popularmente, no son la excepción, pues también ellas tratan que sus practicantes, después de muertos, con sus diversas ceremonias, aseguren su paso a la nueva vida. Estas religiones cuentan con un acervo de leyendas transmitidas oralmente de generación en generación. Las narraciones asociadas a ellas no están desprovistas de belleza, de lecciones morales –por llamarlas de una manera convencional– que reflejan, sobre todo, la entereza humana ante el dolor físico y espiritual. En muchos de estos pataki se hace referencia a la muerte. Hoy, como ejemplo de ello, narraremos una historia del oddún de Ifá, Otrupon Ofún donde nace la majestuosidad de la Muerte.
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