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Allá en la franja del cielo destinada a las almas de los cubanos buenos, Dulce María Loynaz y Rita Montaner acaban de recibir al espíritu de Aldo Martínez Malo. El lunes, entre tanto, enterraban su cuerpo en el cementerio municipal de Pinar del Río.
Esas dos criollas complejas y distantes tenían con el periodista, animador cultural y escritor, una relación esencial y muchos pactos. Es en la casa pinareña de ese hombre, que iba a cumplir ya los 70 años, donde uno todavía puede encontrar los pocos tesoros materiales que dejó la Montaner en su camino de gloria en la tierra. Allá están sus vestidos, las fotos, los programas, toda esa sustancia palpable de los recuerdos bajo la guarda y el cariño de Aldo. En el mismo lugar estuvo, en los tiempos difíciles de hostilidad o indiferencia para los Loynaz del Castillo, la papelería de los hermanos –Dulce María, Flor y Enrique– mirados con sospecha por socotrocos y lebreles hasta que la muerte, en unos casos, y el reconocimiento internacional, en otro, los liberó y los devolvió a la patria. Aldo no era sólo el depositario de esos tesoros. Qué va. Era, y esto es mucho más importante, una suerte de memoria viva de aquella gente, un esgrimista sutil, tierno y vigoroso que defendía sus obras y la de todos los hombres y mujeres que a su juicio enriquecían la cultura nacional. Tenía otras pasiones confesables. El cine, por ejemplo, y en su querida Pinar del Río desplegó durante mucho tiempo una tenaz labor como crítico, director de debates y animador de peñas, tertulias y murmullos sobre el séptimo arte. De esas inclinaciones surgieron las leyendas que, en los años cincuenta describen al joven Aldo intercambiando cartas con Marlon Brando y con Montgomery Clift. Los maldicientes lo acusaban de mitómano y delirante y él se limitaba a demostrar discretamente una foto del astro americano con una gorra de motociclista y los ojos fijos en su corresponsal cubano. La mano censuraba el texto, pero cualquiera podía leer estas dos inscripciones: "Dear Mr. Martínez" y al final "Sincerely, Brando". Fue también conocedor de su coterráneo Pedrito Junco. Hace años leí un texto del periodista con toda la historia de amor que se resumió luego en la famosa canción Nosotros. Conferencista en España y México, en La Habana y en Bailén, Aldo estuvo en todos los jurados de los talleres literarios de Cuba y debutó como actor en la película La bella del Alambra, donde aplaude a Rachel desde un palco. Muchos amigos volvieron al cine varias veces sólo para darse el gusto de verlo pasar frente a la cámara. Es cierto que ante personas que quería y respetaba (César López, Miguel Barnet, Manuel Díaz Martínez o Antón Arrufat) decía orvallo en vez de decir llovizna: Pero enseguida lo olvidábamos. Olvidarlo a él y a su trabajo, olvidar su cordialidad y su cara de asombro, va a ser más difícil.
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