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El descontrol y la corrupción son elementos consustanciales al modelo económico imperante en el país. Existen a causa de factores que perviven y se desarrollan a su amparo. En primer lugar, la hiperestatización de la gestión económica es un formidable obstáculo para realizar una administración eficiente. Miles de microempresas comerciales, industriales y de servicios, a veces con dos o tres trabajadores, son imposibles de controlar centralmente, por lo que representan un estímulo a las actividades ilícitas. A lo anterior se agrega una economía siempre con escasez de infinidad de productos, lo cual, unido a los descontroles de los recursos y salarios insuficientes, constituye un excelente caldo de cultivo para las actividades delictivas en centros laborales. Como si esto fuera poco, menudean distintos tipos de mercados con sus respectivos sistemas de precios, alentándose así la especulación. No es difícil encontrar la oferta de un mismo artículo con variados precios, lo que se complica con la circulación de dos monedas a la vez: el debilitado peso cubano y el pujante dólar norteamericano. Esta dualidad monetaria adicionalmente dificulta el establecimiento de controles eficientes y la evaluación de la actividad económica. Ante todo, a causa de que la tasa de cambio actual para las operaciones comerciales (un peso igual a un dólar) carece de realidad y, por lo tanto, aún en el caso de aquellas entidades con una contabilidad que pudiera calificarse de aceptable desde el punto de vista metodológico, sus resultados tienen poca o ninguna credibilidad. Por último, el personal empleado en la administración de las empresas por lo regular recibe salarios bajos, no acordes con la responsabilidad que tiene la labor desempeñada. Además, la mayoría de las entidades carece de las condiciones mínimas y los medios idóneos para realizar la actividad; sin olvidar la inexistencia de un reconocimiento social para este tipo de trabajo, de lo cual tiene gran responsabilidad la propaganda oficial, con su supuesta lucha contra el burocratismo. La creación del ministerio de Auditoría y Control con el fin de enfrentar esta compleja situación tiene reducidas posibilidades de éxito. No es con nuevas estructuras burocráticas que puede eliminarse el descontrol y la corrupción. Para ello habrá que ir a las raíces de esos malsanos fenómenos, originados por un modelo de gestión que por su esencia los genera continuamente.
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