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El boxeador y su framboyán
IVáN GARCíA, La Habana  

Justo a la medianoche Miguel Duquesne solía acostarse ebrio y sucio después de caminar bajo la hilera de framboyanes sembrados de un lado y otro de la habanera avenida de Santa Catalina.

Como boxeador, Duquesne había hecho mutis hacía tiempo. En la década de los 60 fue un destacado welter (67kg). Participó en varios campeonatos internacionales y en tres torneos nacionales Giraldo Córdova Cardín: un púgil, según contaba, "desconocido y mediocre, pero elevado a la categoría de héroe sólo por haber participado en las escaramuzas del asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, en 1953".

Prudencia

Miguel también solía decir que le apenaba que en la patria de Kid Chocolate no hubiera una lid con su nombre, "porque él era uno de los mejores del mundo".

Minado de cirrosis hepática, Duquesne no se avergonzaba de confesar su pánico a la muerte, "pero la espero tranquilo, a la sombra de un framboyán, para que sus flores rojas y anaranjadas me caigan encima".

Miguel Duquesne se vio obligado a dejar el boxeo por una lesión en la retina, que le hizo perder la visión del ojo izquierdo. A partir de ese momento su vida se convirtió en una calamidad. Semianalfabeto, a sus padres nunca les importó la suerte de este hijo y los hermanos lo echaron de casa. Fuera del ring se sentía un extraño. Quiso imponerle a la vida la fuerza de sus puños. Ésta le dio KO.

Una serie de robos con violencia lo llevaron a la cárcel. Recibió una condena de 17 años. "En 1980, a raíz de los sucesos del Mariel, las autoridades penales me conminaron a dejar el país". Su vida pudo cambiar, pero no quiso ser uno de los 125 mil cubanos a los que una sociedad cerrada expulsaba del sitio que los vio nacer. No lo lamentó. "Algo divino me ataba a esta tierra maldita", me confesó un día. Quizás fueran raíces poderosas y profundas como las del framboyán donde a diario dormía.

Salió después de trece años tras las rejas. "Allí al menos comía y tenía cama. Cuando me encontré solo en la calle me asusté. No sabía hacer nada. Me había adaptado a la promiscuidad de la cárcel. Lo primero que me pasó por la mente fue derribar a alguien de un derechazo, y volver a prisión". Tuvo suerte. Un viejo amigo lo llevó a trabajar a un bar. Su tendencia a beber se acentuó. Se convirtió en un alcohólico. Enfermó de cirrosis. Vino otra desgracia: una riña en la cantina le costó el puesto.

Al quedarse sin dinero no pudo pagar el alquiler de una habitación en una cuartería. La filosofía típica de los boxeadores le hizo menospreciar a las mujeres. Nunca se casó aunque tuvo más de una oportunidad. Fue entonces que decidió convivir con los framboyanes de Santa Catalina, esos árboles que florecen dos o tres meses en el año, desde la primavera y hasta el verano.

Pisoteando las coloridas flores acostumbraba a caminar Miguel Duquesne después de unos tragos ganados por entonar canciones de moda. Colocaba varios cartones en su framboyán favorito y allí se tiraba a descansar, maloliente, con la muerte acechándolo mientras él la esperaba desafiante. En febrero de este año libró su último round.


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