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¿Ginebra o ron?
LUIS MANUEL GARCíA, Sevilla Parte 1 / 2

Los debates en Ginebra sobre el estado de los derechos humanos, ya parecen formar parte de una cierta recurrencia noticiosa. Los periodistas desempolvan y retocan sus crónicas de la sesión anterior, porque en este planeta de limitados recursos, incluso la inteligencia es reciclable.

J. Catañeda
Canciller mexicano Jorge Catañeda:
¿Futuro enemigo de La Habana?

Que a cualquier ser humano le corresponden, por su mera existencia, ciertos derechos, es una concepción históricamente reciente. Y aún hoy contemplamos la existencia de ciudadanos y naciones con derechos de primera, segunda y hasta cuarta categoría. Ciudadanos con derechos musculares: injertos del tercer mundo en el primero que permite a las naranjas de California y al brócoli de Murcia, ser competitivos. Aún así, el solo hecho de que en 1948 se aprobara la Declaración Universal de Derechos Humanos, fue un paso más gigantesco para la humanidad que el de Armstrong en la Luna: conceder a todos los humanos, aunque fuera sobre el papel, incluso sobre el papel mojado, ciertos derechos. Claro que aún distamos mucho de una política radical y "de principios" sobre el tema: existen naciones cuyo atractivo mercado "dulcifica" la falta de libertades.

Hay gobiernos que acuden a Ginebra sin temor a sanciones, quizás por aquello de que quien no la debe no la teme. Otros asisten (o ni se toman el trabajo) con las expectativas cumplidas de antemano: saberse condenados sistemáticamente por la violación de los derechos de sus ciudadanos; y con la tranquilidad de espíritu que concede el "no me importa". El Gobierno de Cuba, como de costumbre, arma la pataleta por anticipado.

Fidel Castro divide a los cubanos en dos grupos: quienes le apoyan (o al menos lo simulan) y los "anexionistas"; y, con su clara vocación universal, hace extensible esta parcelación al planeta entero: "justos", que apoyarán al Gobierno de la Isla, y "lacayos" del imperialismo yanqui. Del mismo modo que ningún ciudadano, en la sistemática del castrismo, tiene derecho a una tercera opinión, ningún país está facultado por las autoridades de La Habana, a opinar según su propio criterio (a menos que ese criterio coincida con los de FC, en cuyo caso se trata de una clara independencia de pensamiento). Ya lo dijo Jaime Crombet, vicepresidente de la Asamblea Nacional: "No se puede rechazar el bloqueo a Cuba y ser cómplice del imperio que intenta justificarlo". Como en una vieja película de John Wayne, hay que estar con los indios o con los cowboys. Y añadió, durante la 105a Conferencia de la Unión Interparlamentaria que se celebra en La Habana: "Para nosotros, quien apoye a Estados Unidos en sus maniobras y campañas difamatorias contra Cuba carecerá de autoridad para hablar sobre los derechos humanos y la democracia en nuestro país". Y como no se puede denostar el embargo, y al mismo tiempo sostener que en la Isla se violan sistemáticamente los derechos humanos, en la lógica de La Habana, sólo queda una actitud posible.

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