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Akaró-San Rosendo. Patrón de Pinar del Río
NATALIA BOLíVAR, La Habana Parte 2 / 3

Ta Tomás, que así le habían puesto en el puerto de Ouidah, llevaba marcadas en su cara las huellas de su tribu de procedencia, el zarpazo de la pantera, que lo distinguía en el profundo ritual de su tierra. No abandonó nunca sus creencias, aunque le fueron impuestas las de sus amos, y en la protección de aquéllas, las llevó a una identificación con sus hermanos de otras etnias: los lucumí o yoruba, congos y Angola y alguno que otro de naturaleza rebelde, de origen Calabar.

San Rosendo
San Rosendo. Catedral
de Pinar del Río

Un día en que el mayoral había dado la orden de emprender el corte de caña, sudoroso por la humedad que despedía la tierra a horas tan tempranas, con el rocío que se pegaba a sus escasas carnes y separando las ramas de árboles y bejucos que se entrelazaban fraternalmente en su camino hacia el trabajo forzado, le pasaron cerca bandadas de aves. Mientras Ta Tomás observaba este revuelo de plumas multicolores, tropezó con una piedra que le llamó poderosamente la atención. Esta piedra despedía un calor casi humano, puesto que semejaba a las que adoraban en su tribu del lejano reino del Dahomey. Con dificultad la recogió y con un amor de sensibilidad primitiva la escondió para después llevársela al barracón. A dicha piedra la llamó Akaró, en honor a su rey, rey del Dahomey, casado con una mujer de excepcional belleza llamada Kuande.

Cuando llegó Ta Tomás a su barracón, lavó la piedra entre sus manos amorosas con yerbas que había recogido en su andar cansado, reverentemente la puso en un saco, la encaramó en el horcón donde dormía y le cantó suavemente, como susurro, en su lengua de origen, dándose palmadas en el pecho pidiéndole para que su vida fuera más llevadera y le pidió salud para lograr su libertad y le pidió y le pidió…

Ta Tomás se hundía en los recuerdos debajo de un frondoso jagüey que se encontraba a la entrada del ingenio, con el paisaje de palmas, limonares y cafetos en flor, desyerbaba su ya preciada tierra de carmelitas ferrosos, de ondulaciones y manglares, de abrupta impronta de ese Pinar del Río tan lleno de misterios, de ruidos producidos por el eco de pisadas de venados, de hateros y musimanes legendarios y temibles, que hacían las delicias de la fértil imaginación de quien, como él, guardaba tan celosamente a culturas forzadas. Y cantó dándose palmadas en su pecho de grietas ennegrecidas por los trabajos y, susurrando, le cantaba a su antiguo rey del Dahomey, Akaró, que tanto esperó para reinar, para después verse inmerso en guerras intertribales y en el desangramiento de su sufrido pueblo.

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