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Por lo que me dices, me parece que te preocupa más qué se va a hacer con la transición que cómo esta se desarrollará. Admito que, tal vez, acomodado en la certeza de que la democracia es inevitable en el futuro de Cuba no le presto demasiada atención al cómo sino al cuándo de la transición. Supongo que esto se debe a que mis escenarios son más los de un intelectual que los de un político. Sé que en un futuro no muy lejano en Cuba se restablecerán las libertades públicas, habrá partidos, oposición legítima, poderes legislativo y judicial independientes y circulación abierta de las ideas... Sin embargo, como Octavio Paz en sus últimos días, también pienso que la democracia es únicamente régimen político y no el fármaco universal que aliviará todos los males sociales. De hecho, toda democracia naciente debe coexistir no sólo con los enclaves autoritarios del antiguo régimen sino enfrentar una serie de dificultades que suscitará el desmontaje del orden totalitario, como la corrupción, el enriquecimiento ilícito, la inseguridad, las mafias, los fraudes, las vendettas de la nueva élite del poder, el empobrecimiento y la marginalidad. Por eso insisto en que si desde ahora reflexionamos sobre la calidad moral de la posible democracia cubana adelantamos mucho. El último libro que has publicado se titula José Martí: la invención de Cuba. Ese ha sido un personaje que ha estado presente en todo el discurso político cubano durante el siglo que termina. ¿Cómo valoras esa relación? ¿Crees que se prolongue en la Cuba que vendrá? ¡Martí, Martí!. Bueno, en mi libro José Martí: la invención de Cuba sólo se toca de un modo sutil la cuestión de la persistente referencialidad martiana. Creo que en los próximos años veremos una desmitificación de Martí aún más profunda que la se percibe en nuestros días. Martí será mejor visto en la medida en que conozcamos mejor a sus contemporáneos y comprobemos que compartía las mismas limitaciones. Sin embargo, sospecho que el péndulo regresará y lo mejor de la obra martiana, que, a mi juicio reside en su poética y su política republicanas, volverá a servir de matriz simbólica a los discursos y las prácticas de los actores de la democracia cubana. No le auguro mucho éxito a aquellos políticos de nuestro siglo XXI que se desprendan totalmente de la simbología martiana, ya que, como te decía al principio, la democracia es inconcebible sin ese mínimo de civismo nacional en el que Martí sobrevive como la destilación de un legado. En José Martí: la invención de Cuba, sitúas a Martí como un heredero de las tradiciones repúblicanas que tienen su origen en la Roma preimperial y que desarrollan nuevamente el grupo de intelectuales que floreció con el nacimiento de los Estados Unidos. En esta entrevista has dicho: "El deterioro moral de la sociedad cubana y, sobre todo, la emergencia de actores postnacionales, desprovistos de una sensación de legado, hacen muy difícil la creación de un nuevo modelo cívico, sin el cual es inconcebible ya no una democracia, sino algo anterior a ella: una república". Para nuestra comodidad, ¿podrías aclarar en qué se diferencia el republicanismo de la democracia? La distinción entre las tradiciones liberal, democrática y republicana, que es central en mi trabajo como historiador, se ha difundido en los últimos años, sobre todo, en la historia política anglosajona, a partir de los estudios de J. G. A. Pocock y Quentin Skinner. Dicho de un modo muy simple, que irritaría al más ecuánime de mis maestros: si el liberalismo se inspira en los derechos individuales y la democracia en los derechos de asociaciones políticas, el republicanismo, en cambio, se inspira en los deberes del cuidadano. Como diría Berlin, el liberalismo (Locke, Montesquieu, Constant ...) y la democracia (Stuart Mill, Tocqueville, Dewey...) poseen una concepción negativa de la libertad, según la cual el sujeto libre es aquel que no es despojado de algún derecho. El republicanismo (Cicerón, Tito Livio, Maquiavelo —el de los Discursos no el de El príncipe— Rousseau, Harrington, Bolívar, Martí ), por el contrario, apela a una idea positiva de la libertad, en la que el ciudadano virtuoso es aquel que sacrifica intereses particulares en el logro del bien común.
Elián y la batalla de las ideas La sociedad secreta |
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