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Rafael Rojas (Santa Clara, Cuba, 1965), es historiador y ensayista, licenciado en Filosofía por la Universidad de la Habana y doctor en Historia por el Colegio de México. Autor de varios libros sobre historia intelectual de Cuba, como El arte de la espera. Notas al margen de la política cubana (Madrid, Colibrí, 1998), Isla sin fin. Contribución a la crítica del nacionalismo cubano (Miami, Universal, 1999), Un banquete canónico (México, Fondo de Cultura Económica, 2000) y José Martí: la invención de Cuba (Madrid, Colibrí, 2000). Es también autor de la tesis doctoral Cuba mexicana. Historia de una anexión imposible, que será coeditada este año por el Colegio de México y la Secretaría de Relaciones Exteriores de México. Desde 1991 reside en la Ciudad de México, donde trabaja como profesor e investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Es, sobre todo, uno de los ensayistas más originales que ha dado Cuba y sus reflexiones sobre nuestra historia podrían ser muy útiles para la reconstrucción nacional que se producirá con el postcastrismo. En diciembre pasado, presentó en Madrid su último libro publicado José Martí: la invención de Cuba, en el que indaga, desde una nueva perspectiva, la personalidad del referente más persistente de nuestra historia. Según tu perspectiva como historiador de la cultura, ¿en qué hemos fallado los cubanos al intentar definir y redefinir nuestra propia concepción de nación? Esta primera pregunta se ubica, como sabes, en el centro de las reflexiones que he tratado de verter en mis libros El arte de la espera y, sobre todo, en Isla sin fin. Soy de los que piensan que la crisis de la nacionalidad cubana, en la segunda mitad del siglo XX, puede ser entendida como una crisis de civilización, es decir, como el abandono de una serie de tradiciones, valores, costumbres y cánones de comportamiento que intentaban arraigarse en la cultura cubana, por lo menos, desde mediados del siglo XIX. En términos políticos ese abandono se manifiesta, de manera violenta, en la instrumentación de un régimen totalitario comunista que canceló las inercias liberales y democráticas de la República. Sin embargo, el comunismo cubano no carece de raíces nacionales, sobre todo, de raíces en la cultura política de la Isla. Una de esas raíces, a mi juicio, es el nacionalismo extremo: un conjunto de discursos y prácticas que, a partir de una imagen exaltada de los designios nacionales, moviliza intransigencias, autoritarismos y exclusiones. Ahora bien, ¿quiere esto decir que todo el nacionalismo cubano, desde finales del siglo XVIII hasta finales del XX, es embrión del orden totalitario? No. Esa sería una forma teleológica de entender la historia. En la cultura cubana hay testimonios de otros nacionalismos, más suaves, menos saturninos, que conforman un archivo de reservas cívicas. Ese archivo tendrá, a mi juicio, un valor inestimable en las próximas décadas, ya que cualquier democracia, incluso la más postmoderna, requiere de valores y símbolos que remitan a un imaginario nacional. A lo largo de nuestra historia, casi siempre ha primado la perspectiva "patriótico-militar" sobre la negociación y el diálogo. ¿Crees que hay elementos que permitan presumir que esa tendencia podría revertirse cuando se produzca un cambio político en Cuba? Esta pregunta está muy relacionada con la primera. En efecto, los discursos y prácticas extremos, intransigentes, han predominado en la cultura política cubana, fundiendo, incluso, lo político con lo militar y lo revolucionario. ¿Podrá revertirse esa tendencia secular? Mi respuesta es que sí y que esa reversión ya está produciéndose. Hoy por hoy no hay un solo actor racional, con verdaderas credenciales democráticas, en la disidencia, en el exilio o en el sector reformista del gobierno, que desee un cambio violento. Este consenso tácito en torno a una transición pacífica a la democracia se ha logrado no sólo porque, a nivel planetario, se experimenta una mayor civilidad en la política, sino porque la Revolución cubana, con su vehemencia, agotó todas las posibilidades de la política revolucionaria. Pero así como veo con relativo optimismo la entronización de prácticas dialógicas, incluyentes, en la futura política cubana, me preocupan las dificultades que se interpondrán a una rearticulación del civismo. El deterioro moral de la sociedad cubana y, sobre todo, la emergencia de actores postnacionales, desprovistos de una sensación de legado, hacen muy difícil la creación de un nuevo modelo cívico, sin el cual es inconcebible ya no una democracia, sino algo anterior a ella: una república.
Elián y la batalla de las ideas La sociedad secreta |
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