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Sin más curvas...
 
Nicolás Reinoso
JOAQUíN ORDOQUI GARCíA, Madrid Parte 1 / 2

El nombre que sirve de título a esta semblanza seguramente desconcertará a muchos lectores, incluso a indiscutidos melómanos. Saxofonista (tenor y soprano) y flautista, fue director de algunas de las pocas agrupaciones de jazz que había en La Habana durante los años 70 y 80. Con mucho esfuerzo y venciendo reticencias y prejuicios, logró, además, que sus grupos ocuparan su espacio natural: night clubs y bares adonde concurríamos, casi en peregrinación, quienes gustábamos de ese maravilloso género y que no éramos precisamente multitud. Tuvo, también, su hora de gloria, que hubiera hecho innecesarias tantas aclaraciones, pero que le fue arrebatada por los funcionarios de un sistema diseñado para castrar ensoñaciones, sobre todo cuando éstas provenían de individuos sospechosos, es decir, de todos aquéllos que no estaban prestos a la genuflexión y al ditirambo.

Nicolás Reynoso

Sirva pues esta nota para reconocer el trabajo de un músico que fue, en Cuba, mucho menos de lo que pudo ser y no precisamente por falta de tesón o de talento.

Nicolás Reinoso nació el 1 de mayo de 1939, en uno de los barrios más populares de La Habana, muy cerca de la legendaria Plaza del Mercado. Pese a su humilde procedencia –y quizá gracias a la influencia de un padre sumamente estricto–, realizó estudios musicales en el Centro Especial de Música, primero y en el Conservatorio Municipal de La Habana, después.

Fue músico de atril de varias agrupaciones, hasta que se dedicó a formar sus propios grupos a principios de los 70, si mi memoria no me falla.

Sin llegar al virtuosismo, en su forma de interpretar había una delicadeza y un buen gusto que muchos quisieran para sí y que lo colocaba entre los mejores jazzistas cubanos. Tampoco Miles Davis era un virtuoso de la trompeta y fue uno de los músicos más grandes de todos los tiempos. Como director de agrupaciones, no sólo contribuyó a mantener vivo el jazz, sino que introdujo en Cuba algunos de los nuevos sabores que se producían en los Estados Unidos, como lo mejor de Palmieri y el primer Chick Corea.

¿Cómo poder olvidar las madrugadas de los lunes en el Johnie's Dream (infelizmente rebautizado por las autoridades como Club Río), donde se reunía a descargar con algunos de los mejores músicos de la Isla? ¿O el placer que significaba ir al bar Las Antillas (felizmente bautizado por el público como Las Cañitas) a beber un ron collins mientras que el grupo de Nicolás llenaba las noches de excelente música en una Habana que luchaba denodadamente por mantener vivo su legendario legado, nocturno y musical?

A principios de la década de los 70 se crea una de nuestras más conocidas agrupaciones musicales: el "todos estrella" Irakere, con músicos de la talla de Chucho Valdés, Paquito D'Rivera, Enrique Pla y Arturo Sandoval, por sólo mencionar a los más destacados. El grupo introducía los tambores batá y el chequeré, en un sabroso complejo rítmico donde se fundían lo mejor de la tradición jazzística y zonas poco exploradas de la música cubana.

Cuatro años después, Nicolás Reinoso decide iniciar un experimento acaso inspirado en Irakere, pero desde una concepción sonora completamente distinta.

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