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Chano Pozo
JOAQUíN ORDOQUI GARCíA, Madrid Parte 1 / 2

Acaso la columbia más conocida sea Malanga, homenaje a un famoso cumbanchero de Unión de Reyes –curioso nombre para un pueblo matancero– en el que se hace un recuento de algunos de los rumberos más notorios fallecidos, casi todos prematuramente y muchos de ellos de forma violenta. En la enumeración de notables no podía faltar el nombre de Chano Pozo, personaje que de tanto serlo, devino en mito divino y en símbolo internacional de eso que suelen llamar, de manera harto arbitraria, latin jazz.

Chano Pozo

Aunque falta por demostrar la relación –algo remota– que puede haber entre una tumbadora y el Imperio Romano, lo cierto es que a Luciano Pozo (nacido en La Habana, el 7 de enero de 1915) le ha tocado la merecida suerte de convertirse en el emblema por excelencia de la influencia de la música cubana en la norteamericana.

Es fama que a finales de la década de los 40, Dizzy Gillespie contacta con Mario Bauzá y Machito para encontrar a un percusionista que aportara la peculiar síncopa cubana en un concierto programado en el Carnegie Hall y donde Gillespie pretendía fusionarse (otra palabra de moda de cuestionable lógica). Le fue presentado Chano Pozo, que intentaba abrirse paso en New York. El encuentro, nada fortuito, entre uno de los grandes trompetistas norteamericanos y el tamborero centro habanero dio origen a múltiples leyendas, una de las cuales es el propio Chano, tan velado por su propio mito, que apenas es posible conocer al individuo que lo sustenta.

La bibliografía musical norteamericana, menos pudorosa que la nuestra, ha recogido con profusión los avatares del otro protagonista de aquel momento simbólico, pero muy poco se conoce acerca de la cotidianeidad de Luciano y es más lo que se oculta que lo que se exhibe. Sabemos, por ejemplo, que Gillespie era camorrista y que, por lo menos en una ocasión, supo utilizar un arma blanca; sabemos, también, que antes de acceder a la fama, no le era fácil encontrar trabajo ya que, a pesar de ser un excelente instrumentista, era considerado conflictivo y agresivo. Desconocemos (o queremos desconocer) por qué Chano Pozo murió apuñaleado en Harlem.

El problema, nuestro problema, es que tenemos una extraña necesidad de mitos impolutos y no sabemos qué hacer con personajes como Chano, a los cuales es imposible vestir de smoking y que tienen la osadía y el talento de trascender, a pesar de su inconveniente biografía.

Por ejemplo, la pieza Manteca ha recorrido el mundo en múltiples versiones, pero muy pocas veces se pone por escrito que "manteca" es una de los múltiples términos a los que acude el argot cubano para nombrar (u ocultar) a la marihuana. Deducir de ello que el percusionista era aficionado a su consumo y que uno de nuestros aportes musicales emblemáticos no es otra cosa que un homenaje a los efectos psicotrópicos del tetrahidro cannabinol no precisa demasiada imaginación. Lo que requiere un esfuerzo notable es soslayarlo y casi lo hemos conseguido, como casi hemos logrado ocultar(nos) el mundo del cual Chano proviene, a pesar de que está a la vuelta de la esquina.

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