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Bola de Nieve
JOAQUíN ORDOQUI GARCíA, Madrid Parte 1 / 2

El hombre que medio mundo conocería como Bola de Nieve, nació Ignacio Villa, el 11 de setiembre de 1911, en la también villa de Guanabacoa. No puedo, sin embargo, afirmar con tal exactitud dónde o en qué momento nació mi pasión por uno de los más extraordinarios artistas que ha dado Cuba. Para empezar, mis padres eran amigos de Bola desde que tengo uso de razón (o de ese sustituto que me permite andar por la vida). Esta relación se extendía a su familia, ya que la madre de Bola los invitó más de una vez a comer en su casa, para más datos, pierna de puerco asada al jugo de naranjas dulces. En casa de mi madre hay un mortero de mármol regalado por Ignacio Villa. Por cierto, que también queda un banco de majagua con el que mamá prometió reciprocar el obsequio, promesa que ciertos avatares le impidieron cumplir.

Bola de Nieve

Acudir adonde él cantaba formaba parte de la cotidianidad familiar y cuando estaba solo en casa (9 o 10 años) acostumbraba a escuchar tres discos que fueron mi introducción al gusto por nuestra música popular: uno del Trío Matamoros; otro, de Carlos Puebla; el tercero, claro está, era un LP de nuestro protagonista de hoy.

Años después, durante la transición entre la niñez y la adolescencia —que en mi caso comenzó a los 14 años— solía frecuentar, yo solo, el restaurante Monsigneur donde, además de iniciarme en el consumo de Martinis y Negronis, y devorar suculentos Mignones, pasaba las horas escuchando a Martha Jean Claude y a Bola. ¿Cuántas veces habré oídoAy mama Inés, La flor de la Canela, Vete de mí, Mesié Julián o Chivo que rompe tambó? ¿Cien? ¿Mil? ¿Acaso más? Imposible saberlo. Porque, si nos ponemos a pensar, el repertorio de Bola no era demasiado extenso, al menos el conocido y publicitado. Por ello, todos los que frecuentamos la deslumbrante intimidad de sus canciones hemos tenido, por fuerza, que escuchar incontables veces las mismas obras. ¿Cómo es posible que un cantante pueda soportar tan dura prueba y salir airoso? Acaso porque sus interpretaciones variaban muchísimo, de acuerdo con sus estados de ánimo. Recuerdo, por ejemplo, que Vete de mí (mi canción preferida) podía provocarle lágrimas si ese día estaba especialmente conmovido. Pero minutos después su voz de niño ronco entonaba "…porque ustedes los muchachos cuando se juntan, porque ustedes los muchachos cuando se juntan…" con la más contagiosa picardía.

Encontrar referentes para entender su obra es prácticamente imposible. Podemos compararlo con otros out-siders, como Maurice Chavalier o Bob Dylan, quienes sólo tienen en común con nuestro risueño intérprete sus propias peculiaridades. Bola era tan él, que incluso sus propias interpretaciones no resistían ningún otro formato que no fuera su propio acompañamiento al piano. En las versiones en las que canta acompañado por orquesta, por muy buenas que fueran, faltaba siempre el Bola nuestro de cada día.

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