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Sin más curvas...
 
Miguel Matamoros
JOAQUíN ORDOQUI GARCíA, Madrid  

Para Héctor Febles

Decir de alguien que fue el principal responsable de la difusión nacional e internacional de la música cubana es decir que fue el iniciador de la historia práctica de esa, al parecer, inagotable felicidad. Semejante dimensión no agota los espacios culturales en los que Miguel Matamoros se mueve como pionero. Decir que es el acontecimiento más importante de la música bailable cubana suena excesivo hasta para este redactor. Y sin embargo, la tentación es grande.

Matamoros

Es cierto que, María Teresa Vera y Rafael Zequeira habían dejado escuchar su formidable dúo algunos años antes y que el Sexteto Habanero existía desde 1920 (el Trío Matamoros nace en 1925), pero las 60 mil copias que se vendieron de la primera grabación de Olvido y El que siembra su maíz, realizada en New York en 1928 (y cuyas ventas duraron aproximadamente 10 años), la convirtieron en el primer hit parade del son.

Don Miguel (título que pocos cubanos han sabido llevar sin sorna) no sólo fue el gran director y cantante de las diversas agrupaciones que llevaron su nombre. Como compositor, ha dejado un legado de incontables músicas y letras que forman parte de lo mejor del patrimonio cultural cubano. En este sentido, transitó casi todos los posibles caminos que se habrían ante un autor de las primeras décadas del siglo XX. Como para él eran pocos, abrió algunos nuevos, como el bolero-son, una de las mejores síntesis de la paradójica alma del cubano, quien es capaz de cambiar su tesitura anímica —"de palo pa'rumba" — desde un tétrico "Aunque tú me has dejado en el abandono / aunque ya se han muerto todas mis ilusiones…", a un festivo "Tú me quieres dejar, / yo no quiero sufrir / contigo me voy mi santa / aunque me cueste morir", incluida la alusión a la santidad de la imprescindible, cuyos méritos todos sabemos muy lejanos a la beatífica castidad.

Un reconocimiento implícito de la grandeza de Miguel lo encontramos en la incorporación que hicieron de sus obras sus principales "rivales", los septetos Nacional y Habanero, que junto al trío conforman la primera generación de grandes soneros.

Porque este criollo de pura cepa tuvo lo que sólo los grandes compositores logran: una simbiosis perfecta entre la música y la letra de sus canciones, que se apoyan las unas a las otras para mostrarnos el siempre desconcertante vuelo de un espectáculo nunca visto. Simbiosis que, además, incluía la interpretación, conjugación casi astrológica que no ha vuelto a repetirse en nuestra música. Porque, como The Beatles —con Lennon y, en cierta medida, McCartney—, el Trío Matamoros fue una entidad que trascendió la grandeza de sus integrantes, incluyendo al principal de ellos. Y cuando escribo trío, pienso en el núcleo fundamental con Siro y Cueto, que participó en casi todas las aventuras Matamoros, llámense cuarteto, septeto o conjunto. Tanto es así, que a las grabaciones en las que participó Beny Moré —ese otro monstruo cuya Semblanza espera impaciente— les falta como un algo: el sabor a que nos acostumbraron, sabor conseguido gracias a una forma de cantar que se mantuvo fiel a sí misma durante más de medio siglo, fuera cual fuera el formato adoptado.

Cantar es mucho más que tener buena voz y afinación atinada ya que, para empezar, habría que preguntarse qué es tener buena voz. ¿La tenían Bola de Nieve o Louis Amstrong? Más que la potencia de los órganos que intervienen en la producción del sonido, lo que cuenta es la capacidad de trasmitir los sentimientos que la letra, la melodía y el ritmo pretenden sugerir. Y Los Matamoros supieron darnos ese algo imprescindible en todas las formaciones que practicaron. La sabrosura y la picardía con que entonaban: "Ahora te voy a enseñar / cómo se hacen las maracas…" sólo es comparable a la tétrica solemnidad empleada en Canto a la sombra o la ternura de Olvido, las tres compuestas por Miguel durante los primeros veinte años de su aventura musical.

En su repertorio, conformado en su inmensa mayoría por piezas del Don, hay prácticamente de todo: sones, guarachas, boleros, habaneras, congas, rumbas, canciones y un largo etcétera donde encontramos ternura, picardía, necrofilia, lascivia, crónica, humor, cinismo, rencor, humillación, amor, despecho y un sin fin de sentimientos.

La repercusión de la obra de Matamoros —entendiendo como tal todo su quehacer musical— recorre otros muchos caminos. Por ejemplo, una de las consecuencias de su influencia fue la aparición de un trío mexicano que desplegaría el bolero por todo el mundo y cuya utilización de las voces provenía directamente del Trío Matamoros. Me refiero, claro está, a Los Panchos.

Sin embargo, como ningún otro gran músico cubano, Don Miguel ha sufrido la diatriba y aún el olvido de algunos ¿investigadores? inescrupulosos o ignorantes. El último ataque, por omisión, lo encontramos en un folleto titulado Las raíces del Son y firmado por Senén Suárez, que acompaña una excelente edición de grabaciones del Septeto Habanero. En este breve repaso ¡no se menciona siquiera el nombre de Miguel y su trío! También he escuchado decir que las letras de muchas de sus mejores canciones —las más complejas y menos festivas— provenían de un poeta a quien Miguel explotaba. Si ello fuera cierto, lo que estaría en duda sería la ética de Matamoros, no su talento, ya que escoger a un buen letrista es mérito y no deshonra, pues lo que cuenta es el espléndido resultado final al que accedía. Es decir, se le podría reprochar que no incluyera el nombre del mencionado poeta, no que lo utilizara.

Miguel, hijo natural de Nieves Matamoros y un marinero llamado Marcelino Verdecia, nació en Santiago de Cuba el 8 de mayo de 1894. Es decir, han transcurrido 106 años y 75 desde la fundación de un trío que, como Gardel, canta hoy mejor que nunca. Durante los 35 años que duró su existencia (1925 —1960) fue El Trío de la música cubana.

Los dejo con la letra de una de las canciones más extrañas —tanto por el tema como por la calidad de algunos de sus versos— y menos conocidas de la música cubana. Data de 1937 y aunque en algunas ediciones aparece como bolero son, en la original puede leerse blues son. A pesar de ello, Cristóbal Díaz Ayala me señala muy atinadamente que la primera parte es un fox trot, con lo cual estaríamos ante un fox son, o sea ¡una precursora incursión de Matamoros en el cuban jazz!

Canto a la sombra

Miguel Matamoros

Sombra,
misteriosa sombra,
¿por qué me persigues
doquiera que voy?

Sombra,
sorda, muda sombra,
¿por qué al detenerme
tú sola no sigues
para que mitigues
mi tétrico andar?

Sombra,
cobarde sombra,
que finges compaña,
silueta que engaña
para delatarme
en un resplandor.

Sigue,
déjame solo
que a malas compañas
las premia el demonio
aquí en este mundo
con pena y dolor.

Sombra,
para qué llevarte
no quiero testigos,
me basta mi amigo
que vive conmigo:
mi propio valor.

Sombra,
burladora sombra,
mi misma sombra,
sin alma sin ojos,
sin frío ni calor.

Sombra,
no vengas conmigo,
déjame solo
que vivo mejor.

(Montuno)

He de seguirte,
te seguiré:
cuando tú mueras
te dejaré.

Yo soy la sombra,
tu eres mi dios:
cuando tú mueras
me muero yo.

(Se repite el montuno)

No quiero dejarlos sin un comentario acerca de esta letra. Hablando en serio, la estrofa que dice: "Sombra, / cobarde sombra, / que finges compaña, / silueta que engaña / para delatarme / en un resplandor", es poesía pura y de la mejor calidad. ¿Más todavía?


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