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Sindo Garay
JOAQUíN ORDOQUI GARCíA, Madrid Parte 1 / 2

Federico García Lorca lo llamó "El Gran Faraón de Cuba" y es considerado grande entre los grandes de la canción cubana: ¿se puede pedir más? Por supuesto que sí, porque las obras de este santiaguero inmortal continúan asombrándonos, tanto por su revolucionaria música, como por su maravillosa poesía.

Sindo era analfabeto y cuentan que los orígenes de su aprendizaje estuvo en las etiquetas de las botellas de ron y de aguardiente, cuyos nombres descifraba en los bares de Santiago de Cuba

Nació en la capital oriental el 12 de abril de 1865, en humilde familia. Su nombre completo fue Gumersindo, y fue payaso y maromero de circo, pero nadie puede dudar que su destino era la música, a la cual se dedicó con la vehemencia propia de los trovadores de antaño. Pepe Sánchez —conocido como el creador del bolero— le sirvió como mistagogo en los secretos de ese sonoro quehacer. Sindo era analfabeto y dicen que aprendió a leer en los carteles publicitarios de su ciudad natal, preguntando a los transeúntes su significado. Esta versión de su encuentro con la palabra escrita —que sustentan dos autoridades como Helio Orovio y Cristóbal Díaz Ayala— es refutada por Eliseo Alberto, quien me contó hace muchos años que los orígenes de su aprendizaje estaba en las etiquetas de las botellas de ron y de aguardiente, cuyos nombres descifraba en los bares de Santiago de Cuba.

Durante la Guerra de Independencia fue correo de las tropas mambisas, lo que parece haberle exacerbado la veta patriótico—militar, que aparece en muchas de sus canciones. No contento con ello, bautizó a sus hijos con nombres indocubanos: Guarina, Guarionex y un largo etcétera, pues fue fecundo en todo.

Musicólogos acreditados han escrito acerca de sus notables armonías, que rompen con las tonalidades habituales de la canción.

Hoy quiero detenerme en sus letras, acaso las de mayor contenido poético de toda la historia de la canción cubana, aunque por razones distintas a las que suele suponerse.

Siempre sostengo que es fundamental escuchar las letras de trovas y boleros como si nunca antes las hubiéramos oído y sacándolas de su contexto. Como se lee la poesía. Este ejercicio resulta particularmente desconcertante con Sindo Garay quien, como Henry Rousseau, llega al surrealismo por la vía naif. Y no me refiero a esa estúpida manía de llamar surrealista a todo aquello que suene raro, absurdo o provocador. Muchas de los poemas (más que letras de canciones) de Sindo son surrealistas en el más estricto sentido del término: palabras hilvanadas por medio de la libre asociación. Recordemos, por ejemplo, Rayos de oro: "Ya se acercan los rayos de oro / de una nueva mañana rosada / pues la vida la traigo cansada / necesito otro ambiente mejor. / En esta tierra que tiembla consigo reposo / y por amar sus mujeres la vida daría. / En esta tierra de genios me siento orgulloso. / No vengo a reír, tampoco a llorar / yo vengo a cantar para combatir ¡gran dios! / Y aquí termina mi canción: se me va del alma el corazón".

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