| Detrás de la fachada |
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| La crisis de las embajadas en el 90: Un testimonio del Ministro Consejero de la sede diplomática española en La Habana. |
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| por IGNACIO RUPéREZ, Madrid |
Parte 2 / 5 |
Desde hacía algunos meses ya se respiraba el aroma que parecía como de los últimos días y el sálvese el que pueda, en un universo político en que se podía limitar la libertad pero no los flujos informativos, a veces bastante mefíticos, que llegaban de Miami. Esa mezcla de falta de información y de mala información resultaba fatal en Cuba. A finales de 1989 asistí todavía a un solemne acto en honor de la República Democrática Alemana en el salón del Ministerio de las Fuerzas Armadas de la Plaza de la Revolución. Este tipo de celebraciones se reservaba para los países fraternos, y normalmente contaba con la intervención del embajador correspondiente. El de este país era el único que quedaba del club de la Europa Oriental alabando aún un sistema que hacía aguas por todas partes. Defendió, a esas alturas, la persistencia del Muro de Berlín como modo de proteger el país de la agresión de Occidente, una obra maestra en la ingeniería de la represión que pocas semanas después se vendría abajo. Al tiempo de esta magna celebración, tan anacrónica, ya se conocían en La Habana los movimientos de población en busca de la libertad, a través de Austria y Hungría, terreno de paso y de refugio para las masas de alemanes orientales.
Las barbas de Ceausescu
Entre extranjeros y cubanos circuló con profusión el vídeo con la ejecución de Ceasescu y su esposa. Tanto sobresalto constituía la comidilla en cualquier reunión, y seguramente el motivo de tantas caras sombrías perceptibles entre las autoridades. Lo que estaba ocurriendo se magnificaba a conciencia en Radio Martí y otras emisoras de Miami, de escucha obligada para la mayoría de los cubanos, con el consejo al Comandante de que pusiera sus barbas a remojar, porque las de sus amigos estaban ardiendo. Con este bagaje, preguntándonos todos qué significaría para Cuba tanto desastre, acudí a la última recepción de la Embajada de la República Democrática Alemana, antes de su cierre, y a la primera que ofreció la única Embajada ya de la única Alemania. En aquella pude saludar y hablar brevemente, por última vez, con el vicepresidente Carlos Rafael Rodríguez, persona de una calidad que no abundaba entre los dirigentes del régimen. Por los malos recuerdos de la división del país y de los amigos íntimos de Cuba, el embajador alemán me dijo que su país había congelado todas las relaciones, con excepción de la ayuda humanitaria. Pero que ésta se canalizaría no a través del Estado sino de la Conferencia Episcopal Alemana, y de sus organizaciones Adveniat y Misereor.
La perplejidad y la incertidumbre de los diplomáticos siempre estuvo aderezada con buenas cantidades de paciencia e incredulidad, porque sólo los fanáticos olvidaban que se trataba Cuba de un caso bastante diferente de los de la Alemania Democrática, Checoslovaquia y Hungría y demás países socialistas europeos. La Revolución Cubana dispone de suficientes títulos para asegurar que se trata de un fenómeno nacional, de una reacción en principio legítima y por completo explicable provocada por el imperialismo de los Estados Unidos y la corrupción de tiempos anteriores, avalada en sus primeros días por la mayoría de la población, y sin deudas contraídas al triunfar, con el Ejército Soviético o el PCUS. Las Fuerzas Armadas y de la Seguridad del Estado, las redes mixtas compuestas por estos elementos, los cuadros del Partido y las organizaciones de masas, establecidas por todo el país, en definitiva han posibilitado que, contra todo pronóstico, la Revolución haya sido capaz de mantenerse, pese a la desaparición de la Europa Socialista y la quiebra y desintegración de la Unión Soviética.
Todo ello, y el deseo de marcar diferencias con los fenómenos de la Europa del Este, explicarían que el Régimen respondiera con dureza y rapidez en la crisis del verano del 90. En realidad este tipo de incidentes con refugiados en Embajadas se ha presentado con cierta frecuencia en la Cuba de Fidel Castro. Alcanzó su punto culminante en la ocupación de la Embajada de Perú y el éxodo masivo de Mariel. Pero la dureza con la Embajada de Checoslovaquia sirvió más para denigrar a un país que fue amigo íntimo, que para dar ejemplo y disuadir de aventuras similares. Ya en el mes de julio, en vísperas de los sucesos de la Embajada de España, el Ministro de Asuntos Exteriores español, Francisco Fernández Ordóñez, hizo unas declaraciones a favor de los derechos humanos que obtuvieron una respuesta muy áspera e insultante, con caricatura incluida, en las páginas del diario Granma. Sin duda estaban inspiradas a altísimo nivel, por Fidel Castro o Carlos Aldana. Entonces éste era el director de orientación en el Comité Central, estrella ascendente y presunto vehículo de la perestroika y el glasnot en Cuba, de la renovación y el cambio en la elite del poder. Todo le resultó por completo diferente.

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