Lunes, 01 octubre 2001 Año II. Edición 203 IMAGENES PORTADA
Desde...
Paisaje con hambre

El pueblo de San Germán, a 36 kilómetros de Holguín. Una isla dentro de la Isla.
por JORGE OLIVERA CASTILLO  

No voy a tratar temas teológicos, de ninguna manera. El asunto tiene que ver con la especie humana, con sus tribulaciones. Aquí el Génesis está dado por el desabastecimiento alimentario y el Apocalipsis por varios miles de sangermanenses famélicos y desharrapados, en perpetua resignación.

¿Burundi, Somalia, Angola? Nada de eso. El paisaje tétrico y vulgar del hambre, en una suerte de carnaval, es el oriente cubano.

A escasos 36 kilómetros al este de la ciudad capital de Holguín se puede ser testigo de la inanición en vivo.

Deglutir un manojo de plátanos burros con verdolaga —planta silvestre de los campos autóctonos— ambos salcochados, significa allí un ejercicio vital y pertinente.

Olvidados, cerca de 40 mil habitantes no piensan en el futuro. Simplemente, por pura lógica, acuden a los rudimentos primarios de la civilización con una agenda de urgencias cotidianas.

Sin proponérselo, son paladines del anacronismo en un mundo regido por los adelantos científico-técnicos.

Por más que discursos y alegorías les aseguren que son seres dignos y envidiablemente superiores, descubren en el día a día su peligroso parecido con el cromañón.

La computadora, el teléfono y todos los otrora lujos, convertidos en necesidades, representan un grotesco anhelo en medio de la martirizante convulsión de la parte baja del esófago.

Aunque le acompañen un buen número de coterráneos en diversas zonas de la Isla, saben que su desgracia alcanza magnitudes olímpicas.

Ahora, paradójicamente, el Gobierno pretende curar a Venezuela de un mal que, lejos de erradicarse en Cuba, exhibe señales catastróficas.

La misión "humanitaria" consiste en el envío de 70 técnicos de alto nivel especializados en la esfera agrícola para potenciar la producción de alimentos en el país sudamericano.

Al ojear las casillas de la libreta de "abastecimientos" y observar las anotaciones de lo que a duras penas se recibe, pienso en lo real y lo metafísico, en las promesas de abundancia y en la forzada dieta de adelgazamiento, en fin, no puedo apartarme de la ficción, del cuento y de la fábula.

Aquí, en San Germán, la envidia debe fluir a raudales después del anuncio. También el dolor ante el menosprecio y la incapacidad de emitir criterios con matices de denuncia —para no recibir sobredosis de represión— estarán entre los sentimientos de esos residentes desplazados de los "favores revolucionarios".

Quizás imbuidos en la fe cristiana, acrecentada por la tormentosa evolución de sus disturbios estomacales, los inquilinos de ese sector condenado a la pobreza dediquen parte de su tiempo a elevar confesiones y plegarias a San Germán.

Seguro estiman que es mucho más confiable. La experiencia les advierte que el fundamentalismo comunista sólo ofrece hambre en venta libre y, como sublime generosidad, sobreofertas de hospedaje en húmedas y oscuras prisiones.


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