Lunes, 03 septiembre 2001 Año II. Edición 183 IMAGENES PORTADA
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David Torrens y su rock and son

por RAúL DOPICO, México  

Conocí a David Torrens muchos años atrás, en Guanabacoa, donde compartía el hogar con su madre, y yo (empujado por un desencuentro amoroso que me dejó en la calle y sin llavín) recibía solidario hospedaje en la casona que entonces tenía, en esa tierra de orishas y mulatas temibles, el gran poeta que ya era y sigue siendo Ramón Fernández Larrea.

En esa época David era un trovador que se inscribía en lo que dieron en llamar la "novísima trova cubana". Tenía unos 17 años y cabalgaba de peña en peña con su guitarra al hombro, quejándose de que los realizadores de radio creían que él era autor de una sola canción, Timidez, que por cierto era una bella composición emparentada con las sonoridades clásicas de los viejos trovadores y que, desgraciadamente, David tiene en el olvido. En los años que lleva en México sólo se la he oído una vez, a solicitud mía, y fue un 31 de diciembre de hace dos años, en casa de los poetas Elena Tamargo y Osvaldo Navarro, en una memorable velada que agrupó a Mayte, la actriz de Azúcar amargo, a Raúl Ortega, Alejandro Robles, Alejandro González Acosta y a Ernesto Laser y Roney Fundora.

Pero los días de iniciación trovadoresca de David sólo quedan, acaso, en su memoria emotiva, y en la nostalgia de sus amigos. Hoy es un músico maduro, de una autenticidad envidiable, que aún no recibe el reconocimiento popular que se merece. Sentimientos ajenos, su primer disco, quizás pecó de exceso de tecnología en los arreglos, restándole algo de la magia y el carisma propios del autor, y aunque se puede decir que no le fue mal en las ventas (algo de lo que ya no puede prescindir el arte en estos días), no alcanzó la dimensión que merecía por la calidad de sus canciones, la redondez del disco y la solidez interpretativa.

Pero David sigue buscando su lugar propio en el mercado y en el gusto de la gente. Sus armas: el hermoso timbre de su voz (hace con ella lo que le da la gana), la calidad musical y poética de sus composiciones y su presencia como show man que se desgarra el corazón sobre el escenario. Ese lugar indiscutible, quizás lo alcance con Ni de aquí ni de allá, su segundo disco (con una presencia más acústica, más David Torrens), que presentó en días pasados en el Museo de la Ciudad de México, ante amigos y representantes de los medios de comunicación.

En un concierto de aproximadamente una hora, el cantautor cubano, con ese estilo propio que mezcla singularmente el rock y los ritmos afrocubanos, interpretó los temas que conforman el álbum, entre los que destacan: Máquina de amar, llena de una fina ironía que juega con la sensualidad, ¿Quién me quiere a mí?, que es un dardo al centro de la ternura, Corazón limosnero, una canción al amor que toca a todas las almas sensibles, Ni de aquí ni de allá, que navega en ese sentimiento de estadía vital en la tierra que le da asilo, y en el del desarraigo de la tierra que lo vio partir, y La soledad de esa mujer, en la que hace dueto con Amaury Gutiérrez, otro cantante y compositor cubano triunfador en el exilio mexicano. Esta última canción tiene la peculiaridad de que también está en el primer disco de Amaury. La soledad de una mujer David la compone convencido de que "a pesar del dinero y de los hombres, el amor de una mujer no debe negociarse por nada".

La noche del viernes el "rock and son" (como él mismo llama a su música, que "fusiona el rock, la samba, el son y varias mezclas confusas de diferentes géneros musicales") de David enamoró, con su fuerza lírica, a las más de doscientas personas que lo escuchaban y no podían evitar bailar en sus asientos.

En el concierto también interpretó Sentimientos ajenos, tema de su primer CD, una balada rock que estuvo de boca en boca hace unos cinco años, cuando fue el tema de una popular telenovela de Televisa, y que le permitió a David saborear por un tiempo las mieles de la popularidad.

Respaldado por una banda de cinco músicos, David Torrens, un contador de historias, un intérprete dotado de una gran sensibilidad, que clava sus acordes y sus textos en la yugular de las emociones, regresa a los escenarios tras dos largos años de ausencia. Una ausencia que fue tan involuntaria como necesaria. Una ausencia que le permitió darse el espacio para trabajar y reflexionar.

Con este disco David se propone "cantar y tocar siempre en vivo, ya que tanto nosotros como el público estamos hartos de ver y escuchar artistas doblando, cosa que a mí me cuesta mucho hacer".

Ahora le espera una larga gira por Argentina y España. Ojalá que en esos países se reconozca su talento de la misma manera que lo hace el público mexicano. Sólo nos queda desearle, con este disco, el mismo éxito que han tenido sus amigos y compañeros de batalla Francisco Céspedes y Amaury Gutiérrez.


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