Lunes, 03 septiembre 2001 Año II. Edición 183 IMAGENES PORTADA
Desde...
Un gol colombiano en Miami

por EMILIO ICHIKAWA MORIN, Miami  

"Que Cuba gane muchas medallas, no significa que sea un país donde se practica mucho deporte"; ese diagnostico se lo escuché una vez a Bobby Salamanca, y creo que la vida le ha dado la razón. Un buen laboratorio deportivo, como el Cerro Pelado, la finca de Wajay para el equipo nacional de boxeo o el tradicional sistema de EIDE y ESPA, pueden crear, de espaldas a la tradición, hasta campeones cubanos de hockey sobre hielo. ¿Acaso no dio Artemisa jugadores y entrenadores "proletarios" de un juego aristocrático como el tenis? La sociedad y el hombre son maleables, y con un poco de autoridad, se puede hacer con ellos lo que "el plan" estime conveniente.

Sólo en un país como los Estados Unidos, o en una ciudad tan desvelada por el dinero como Miami, cobra verdadero sentido el deporte amateur. La palabra "aficionado", por cierto, no tiene ningún sentido peyorativo. El aficionado aquí es un profesional, lo que ocupado en otra cosa.

Aun a altas horas de la noche, uno puede encontrarse a los stadiums llenos de atletas; en las universidades los jugadores de baloncesto asisten a clases con un balón entre las manos, y los jugadores pertenecientes a los equipos de fútbol o béisbol gozan de una prestigio que compite con aquel que procede de la excelencia académica.

Yo he visto entrenar en el gimnasio de Georgetown University a una campeona olímpica; y disfrutar al público en las gradas de su entrenamiento como si fuera una competencia definitiva. Mi amigo Joe me regaló una camiseta muy prestigiosa; en medio del pecho dice apenas Notre Dame, pero todo el mundo sabe que en esa universidad practica uno de los equipos de fútbol mas importantes de la unión americana, que aporta becas muy generosas a sus jugadores.

El deporte sirve para auscultar los ritmos de una sociedad. Lo dijo hacia 1917 Sixto de Sola, y lo ha confirmado recientemente Iván de la Nuez en su último libro; me refiero a El mapa de sal (Mondadori, 2001). Las polémicas deportivas en Miami están signadas por los intereses económicos, y claro, también políticos, por aquello de que la política es "expresión concentrada de la economía" (Karl dixit; Frederic vio y Vladimir perpetró). Lo hemos visto en la enconada bronca acerca de la construcción de un stadium para los Marlyns en la ciudad, o la encendida disputa acerca de donde celebrar las carreras de autos, si en la pista de Homestead o en el Down Town miamense.

Pero lo de hace unas semanas en esta ciudad tan hispanizada (algunos empresarios la creen la ciudad latinoamericana mejor dispuesta para los negocios) fue tremendo: Colombia gano la Copa de América. La celebración en el área de Kendall ha cerrado un ciclo de fiestas colombianas que viene dando vueltas desde la conmemoración del día de la independencia. Le gano a México 1 a 0, y las barras mexicanas del pueblo enmudecieron; los locutores de su televisión trataron de ser justos, a pesar de la costosa objetividad que la victoria ajena implicaba.

Pero la fiesta colombiana implicaba, además de música y deporte, a la política. La guerrilla o no pudo o no quiso aguar la fiesta. Se compitió, en efecto, en una paz efectiva y tensa; desde mi punto de vista, no creo que Colombia haya logrado convencer a la opinión de que es un país pacifico o pacificado; lo mas importante de todo es que le mostró al mundo que hay un verdadero deseo de paz. Y que sus políticos, de un lado y otro, pueden estar dispuestos a ello.

Aquí, en Miami, los cubanos podemos entender que la Isla forma parte de América Latina, y que sus problemas son también los nuestros. En la radio, en la prensa, en las cafeterías, junto a los sempiternos temas de la "Cuba sin Castro", se oye hablar cada vez mas de Venezuela, México, Perú, Colombia. El problema cubano ve ensancharse el contexto en que debe ser analizado. Y lo mejor de esto es que la hermandad no se experimenta a través de las redes policiales de la política gubernamental, sino que emerge de las propias ansias de la gente de la calle, de sus expectativas cotidianas. Tortilla en lugar de guerrilla; golazos en lugar de bombazos.


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