Lunes, 03 septiembre 2001 Año II. Edición 183 IMAGENES PORTADA
Desde...
¡Gustazo de verdad!

por LUIS TORNéS AGUILILLA, Laon, Francia  

Ayer me levanté a las 5 de la mañana con la firme intención de ir a Bélgica en bicicleta para hacer ejercicio físico y seguir así el consejo de mi médico.

A decir verdad, la idea de ir a Bélgica era la excusa para tomarme un par de cervezas de calidad en un pueblo de ese país vecino que se llama Chimay.

Después de un desayuno bestial y sin hacer ruido en la cocina para que no se supiera lo que comía (tres huevos fritos y congrí con chorizo de los Pirineos), descolgué a La Poderosa (ese es el nombre de mi bici) del garfio de carnicería donde vive y empezamos a bajar y a subir lomas durante cuatro horas hasta que entré en el Bosque de Hirson a la salida del cual se encuentra el puesto fronterizo entre Francia y Bélgica: una línea roja en el asfalto casi borrada por el tiempo. A un lado de la línea, Francia. Al otro, Bélgica.

Como ya no hay guardias en las fronteras interiores de la Unión Europea, normalmente en aquel lugar sólo hay una caseta cerrada y sucia muriéndose de soledad. ¡Pero ayer, casualmente, había público!

Unos soldados de la brigada franco-alemana que seguramente venían de una marcha nocturna se habían tirado a descansar en la cuneta. Eran como veinte y los vine a ver cuando ya estaba a diez metros de ellos.

La presencia de los soldados no me frenó la gracia de siempre: cada vez que voy a Bélgica en bicicleta me doy el gustazo de pasar y volver a pasar la frontera diez o quince veces de un lado al otro de la línea roja, de manera compulsiva y gritando palabras feas contra los tiranosaurios del mundo entero y en particular contra los de la isla de Tranquilandia.

Pues me di gusto. Después del segundo cruce de la frontera, los soldados empezaron a mirarme porque veían que yo subía la lomita en dirección de Francia y que acto seguido regresaba a Bélgica a todo meter diciendo malas palabras que ellos –claro está– no comprendían.

No sé cuántos pases siniestros di en total pero el caso es que los soldados terminaron muertos de risa y aplaudiéndome.

No les dije la verdad, me fui a tomar mis cervezas sin revelarles que detrás de cada loco o payaso cubano hay lágrimas y tristezas. Ellos nacieron y viven libres.


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