Lunes, 03 septiembre 2001 Año II. Edición 183 IMAGENES PORTADA
Desde...
El Vedado en dos tiempos

Una historia de amor en La Habana de los años 20
por MILAGROS REINALDO Parte 1 / 3

El taxi cruzó la Plaza de la Revolución hacia la Avenida Paseo, dejó atrás Zapata y dobló a la derecha en la calle 27. Ya casi estoy en casa, pensé. "¡Critobalito, mijo, ven que se te van a enfriar lo totone!" "¿De Guantánamo?", pregunté a mi hermana. "No, de Santiago. Llegaron la semana pasada".

El Vedado

Aquella dicción con tonada santiaguera me produjo unas ganas tremendas de visitar Oriente, como se le decía antes a esta provincia cuando representaba a una de las seis lindas cubanas del conocido danzón. Sin embargo, ya había decidido pasar la mayor parte del tiempo en mi barrio, y, salvo una escapada que me di a La Habana Vieja, como anfitriona de unos amigos argentinos, me escabullí de cualquier compromiso que me alejara del Vedado. Hoy, a unos cuantos cientos de kilómetros de distancia, rememoro una de aquellas tardes de mayo en la que el cielo se cerraba y abría como el lente de una cámara, preludio de inminente aguacero: ¡aguacero de mayo!

Al día siguiente de haber llegado, decidí pasear con mis amigos por el barrio. Tomamos por la Avenida Paseo y comenzamos a descender rumbo al Malecón: calle 25, calle 23, calle 21. ¡Miren chicos, a la derecha! Ese edificio de ladrillos rojos y blanco es la secundaria Martha Abreu, donde estudié. Ningún comentario; el deteriorado inmueble sólo tenía el valor que le otorgaba mis vivencias escolares. Atravesábamos ya la calle 19 cuando escuché el murmullo de admiración que produjo en mis acompañantes la fachada de un soberbio palacete. Pero, del ¡guau... qué belleza! pasamos sin transición al ¡coño, entremos que nos agarró la lluvia! Así nos encontramos dentro de la aún fastuosa, otrora residencia de Juan Pedro Baró y Catalina Lazo, ahora Casa de la Amistad: restaurante-bar y refugio de la Peña Chan Chan, en honor al éxito más sonado de Compay Segundo. Nos encaminamos al bar, y luego de algunos aperitivos nos dirigimos al restaurante ubicado en el antiguo comedor de la casa. Nos envolvió la dorada atmósfera de la década de los 20 del pasado siglo. Lástima de servicio: la comida tardó 45 minutos en llegar a nuestra mesa.

Con el fin de distraernos, supongo, el apenado mesero nos contó la historia de los antiguos dueños de la casa, que a continuación resumiré:

La residencia de marras, además de hermosa, fue el producto de una escandalosa pasión, y del primer divorcio en la alta sociedad habanera.

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