Viernes, 03 agosto 2001 Año II. Edición 175 IMAGENES PORTADA
Desde...
Regresando al Gran Mamey

por RAFAEL LóPEZ RAMOS, Vancouver Parte 1 / 2

La aeronave de American Airlines había empezado su descenso y las luces de los suburbios ya desfilaban a unos cuantos miles de pies bajo mi ventanilla. Pero cuando distinguí los inconfundibles neones que envuelven el Hotel Sofitel, como un regalo imaginativamente bromista, sólo entonces volví a sentir esa punzada de cuando nos topamos con algo entrañablemente cercano.

San Lazaro
San Lazaro

Regresaba a Miami un año después de mi visita iniciática, que había impregnado mi pecho de esa segunda nostalgia tan familiar a quienes no podemos viajar a la patria primigenia por diferentes motivos, que se reducen a uno solo (caprichoso fenómeno este de las identidades en los albores del siglo XXI). Quizás por ello uno sufra –¿o disfrute?– la esquizofrénica ilusión de estar regresando a la Isla, cuando el avión toca la pista y vemos pasar las palmas reales como un dulce y raudo espejismo de la memoria. Extrañamiento acentuado esta vez por la presencia de dos amigos que me esperan blandiendo una bandera cubana de mediano tamaño, pero suficiente para destellar como un sol tricolor en el ambiguo y atolondrado ambiente del aeropuerto.

Nueva York es la Gran Manzana para los norteamericanos –y los turistas del mundo, ávidos de espectacularidad. Yo disfruto imaginando a la segunda ciudad de los cubanos como nuestro Gran Mamey, delicia frutal que no abundaba en la zona hasta el día que un emprendedor cubanazo, rodeado de matemáticos y de jugadores de pelota, decidió cultivar varias hectáreas al Sur del condado Dade, cerca de Homestead, para llenar a la vez su cuenta bancaria y los caprichos del paladar cubano exiliado –no confundir con las ansias del paladar cubano a(isla)do, que delira describiendo un helado de mamey.

Los cubanos salimos de nuestra tierra por ese gran motivo que resume todos los motivos posibles. Los que fuimos relocalizados por el azar en zonas menos tórridas, podemos justipreciar a Miami en sus dimensiones cultural, económica y hasta arquitectónica –especialmente esas colonial houses pasadas por agua, que amortiguan la nostalgia y al mismo tiempo perpetúan el germen hispano que ha merodeado la península floridana desde la época en que Ponce de León era exclusivamente el nombre de un tipo algo soñador que un día tuvo su boulevard homónimo en Coral Gables.

Esta ciudad cabalga orgullosa entre el tercer mundo geográfico-climático y el primer mundo económico. Uno recorre su cuerpo como el de una mujer tendida a escasos diez pies sobre el nivel del mar y, aunque necesite usar un auto para tal recorrido, nada puede estropear su magia.

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