Viernes, 03 agosto 2001 Año II. Edición 175 IMAGENES PORTADA
Desde...
Nacidos en La Habana

por IVáN GARCíA, La Habana  

Según un chiste capitalino, La Habana no necesita el famoso paraguas nuclear que con tozudez preconiza George W. Bush. La capital –dicen– parece una ciudad bombardeada. Puede que exageren.

Además de alardosos y alegres, derrochadores y exagerados, los nativos del trópico pecamos de burlones. Solemos reírnos hasta de nuestras desgracias. Cierto que La Habana no tiene muy buena pinta. Calles repletas de baches, el 52% de las viviendas en estado deplorable, falta de agua, a veces de fluido eléctrico... trasladarse de un sitio a otro demora, en ocasiones, el triple del tiempo que dura un vuelo Miami-Habana.

En la principal urbe cubana impera la anarquía. La basura se desborda en los depósitos de cada esquina. Habitantes indolentes ponen a todo volumen, a las dos de la madrugada, a Willy Chirino con aquello de "ya viene llegando". Riñas sucesivas alrededor de una pipa de cerveza infame, a granel, que por estos días de vacaciones veraniegas se pueden localizar en las barriadas habaneras.

Servicios desastrosos. No hay agua para beber en las cafeterías. Aires acondicionados rotos en cines y teatros. Trámites interminables y engorrosos para cualquier nimiedad. En fin, una ciudad prácticamente inhabitable. A ello agréguese el calor de espanto, las colas y la ya habitual escasez de alimentos.

No hay cálculos oficiales, mas a ojo de buen cubero se sabe que cerca de la mitad de los capitalinos proviene de otras provincias. Sobre todo hay muchos "palestinos", como le llaman los habaneros a los oriundos de las provincias orientales. Éstos llegan por montones y en cualquier sitio plantan cuatro palos con un techo de nada encima.

Se han dictado leyes y decretos para evitar la emigración hacia la capital. Pero los habilidosos orientales se las arreglan para arribar por miles. Con tal de sobrevivir hacen de todo. Se prostituyen en la zona de tolerancia nocturna, localizada en las calles Monte y Cienfuegos, venden drogas en el barrio de Colón o truculentas pizzas en La Víbora, o se alistan en la policía. Cualquier cosa con tal de permanecer en el asfalto.

Muchos habaneros legítimos, por su parte, sueñan con emigrar a EE.UU, a España o al fin del mundo, cansados de estrecheces, de no poder navegar por Internet, de no comer carne o beber ron del bueno. Hastiados hasta el infinito de los discursos interminables, apocalípticos, y de la billetera vacía.

Otros –todavía– seguimos aquí. Haciendo "media" en las esquinas. Yendo al Estadio del Cerro y, ocasionalmente, a las Playas del Este. Viendo películas en televisores en blanco y negro. Intentando visualizar lo que comeremos al día siguiente. Abriéndole paso a la vida, que nos sobrepasa sin siquiera regalarnos un guiño cómplice.


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