Viernes, 03 agosto 2001 Año II. Edición 175 IMAGENES PORTADA
Desde...
Tren en tinieblas

por CARIDAD CRISTINA ÁLVAREZ, Villa Clara  

He debido recurrir al servicio de transporte ferroviario nacional. Una verdadera odisea.

Al abordar el tren número 32, que cubre la ruta Santi Spíritus-La Habana, en Falcón, Villaclara, quedé impresionada al centro de aquella especie de compartimento oscuro. Sólo la luz que se adentraba por las ventanillas, al paso de los pueblos, descubría que teníamos a alguien ocupando el asiento contiguo. Cuando pregunté a la ferromosa por qué no prendían las luces, respondió sin pensarlo dos veces: "Señora, ¿no se da cuenta que se han robado todos los bombillos?"

La segunda mala impresión me llegó desde los baños. Seguramente hacía mucho tiempo que nadie los desempolvaba. Terrible el olor.

Como parte de su tripulación, el tren carga –al igual que el que cubre la ruta Holguín-La Habana– a un insecto conocido como "cucarachita alemana", plaga difícil de erradicar. Causa admiración y terror verlas caminar por el borde de los asientos y las ventanillas como si estuvieran (¿o realmente están?) en su propia casa. A ellas se unen, en festiva promiscuidad, esos graciosos roedores que conocemos como "guayabitos", desplazándose, supersónicos, por los pasillos y el techo del ferrocarril.

Muy gentilmente, los empleados ofertan merienda a los pasajeros, que corren el riesgo de enfermar de leptopirosis u otra enfermedad provocada por la ausencia de higiene.

De pronto, se acerca una muchacha y me dice: "Señora, ¿usted me podría llevar un queso? Es que llevo 25 libras para vender y después seguro que la policía revisa". Quedé atontada. Le digo que sí y se aleja, nerviosa.

Casi a las tres de la mañana veo dos linternas que se encienden. Una voz me aborda: "¿Esa caja es suya?". Contesto que no. De inmediato comienzan a despertar uno a uno a todos los pasajeros. Piden identificación. Las preguntas y respuestas se suceden. Revisan los paquetes buscando queso, carne, cualquier clase de alimento.

Estoy al borde la catarsis. No sé qué me inspira más lástima, si las personas atropelladas o el par de infelices policías en su papel de requisadores en medio de la oscuridad. En medio –englobemos la metáfora– de las tinieblas que envuelven la nación.


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