Viernes, 03 agosto 2001 Año II. Edición 175 IMAGENES PORTADA
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Conversaciones con mi tía Tita

por WILLIAM LUIS, Nashville Parte 1 / 2

Querida Titonga:

Los cuantiosos viajes a Cuba me permitieron conocer a la familia Santos del Río. A través de los años me di cuenta que en nuestra familia había un poco de todo: blancos y negros, altos y bajos, hombres y mujeres, machos y maricones, inteligentes y brutos, católicos y santeros, comunistas y ortodoxos. Mi querida y difunta madre diría: "Para el gusto se hicieron los colores y para escoger las flores".

Abuela era mulata, hija de español de las Islas Canarias, y abuelo hijo de padre blanco y madre negra, y por tanto mis tíos eran de todos los colores. Mi madrina Aralia era la más blanca. Tal vez ese determinante factor, en tiempos pasados, favoreció que destacara en sus estudios académicos; era doctora en pedagogía y profesora del Instituto Cívico Militar de Ceiba del Agua. Manejaba ciertos recursos económicos y le correspondió ayudar a sus hermanos, así terminó convirtiéndose en una segunda madre para todos ustedes. Se casó con mi padrino Domingo Franco, violinista de la Orquesta Filarmónica de La Habana y de la Orquesta Almendras. Todavía lo oigo ensayar aquellas tardes calurosas, antes de que pregonaran el manisero y el tamalero que acostumbraban pasar por la calle Cuarta del Reparto Apolo.

Del otro extremo racial y cultural se encontraba Eva, la madrina de mi hermano Alex. Era una belleza de ébano y con frecuencia dejaba a los hombres locos y babeando. Prefería a los hombres blancos. Se enamoró de Agustín o, mejor dicho, él se enamoró de ella. Agustín era alto, delgado y blanco. Pero su estado matrimonial no significaba que los hombres perdieran su interés por ella ni ella por ellos y se le conocieron algunos amantes. Parece que el último fue amigo de Agustín y éste se aprovechó de la ocasión para quitarle la casa. Si a Aralia le apasionaba la ópera y el teatro, Eva también siguió intereses culturales relacionados a su condición racial. Era santera, hija de Obatalá. En su casa había un cuarto exclusivamente para los santos y sus ahijados la visitaban con frecuencia. A pesar de que Aralia y Eva eran opuestas, ninguna de las dos tuvo hijos.

Mi tío Tin, el más chiquito de los varones, era el más apegado a abuela. Tal vez por esa razón no llegó a casarse. Decía que estaba casado con ella y siempre se mantuvo a su lado. Pero en la familia se rumoreaba que tenía algunos amiguitos que no quería que nadie conociera. Sin embargo, ese no era su único defecto. También  era cojo. Cuando niño mi tío Evelio, quien después sería internado en Mazorra, lo dejó caer de los brazos y la rodilla del niño dio contra los escalones para bajar al patio. Por medio de masajes, atención médica y ofrendas a los santos milagrosos, se le fue estirando la pierna pero nunca dejó de cojear. Me pregunto si eso lo acomplejó y por ello se mantuvo distante de las mujeres. "Si Tin bale, vale, y si Tin no bale, no vale", diría tu sobrina Zenaida, que en paz descanse.

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