Viernes, 03 agosto 2001 Año II. Edición 175 IMAGENES PORTADA
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Conversaciones con mi tía Tita

por WILLIAM LUIS, Nashville Parte 1 / 2

Querida Titonga:

La semana pasada estuve en la ciudad de Lexington, que se encuentra en el vecino estado de Kentucky, para participar en la Kentucky Foreign Language Conference, conferencia de renombre profesional, patrocinada por la Universidad de Kentucky. Lo hice, más que nada, para cumplir con mis compromisos académicos y ver a viejos amigos. Había conocido a algunos de ellos cuando era estudiante de doctorado y a otros después de ejercer la docencia pero, salvo en algunos casos, no nos habíamos visto en más de una década. No sé si te ha pasado a ti, pero me encontré con unos cuantos amigos que no pude reconocer y no fue hasta que escuché el nombre o vi la tarjeta de identificación que pude recordar con quien hablaba. Fue una experiencia vergonzosa y a la vez dolorosa. Me pregunto si he cambiado mucho y si ellos me pudieron reconocer a mí.

Ese reencuentro con amigos me hizo pensar en mi viaje a Cuba como miembro del primer contingente de la Brigada Antonio Maceo. Eran años juveniles de mucho entusiasmo e idealismo, como los que se asocian con esa etapa de la vida. Además, nuestra familia vivía en Cuba y tenía muchas ganas de verla. Jamás se me olvidará el día que pasé por casa de tu hermana y mi madrina Aralia. Como de costumbre, estaba sentada en su sillón, cogiendo fresco, a la entrada de la casa cuando me bajé de la máquina de alquiler. Sólo tuve que mencionar su nombre y abrazarla para ponerme a llorar, a moco tendido, como si fuera un niño de trece años. Es precisamente lo que sucedió. La emoción fue tan grande que, sin tener conciencia de lo que estaba sucediendo, había regresado a mi niñez, precisamente al momento cuando estuve por última vez en su casa, antes de salir para los Estados Unidos. Me pareció como si hubiera sido ayer, como si los dieciséis años que habían pasado se borraron en ese instante.

Tuve la oportunidad de volver a abrazar a mi padrino Domingo, quien se encontraba en un estado acelerado de arterosclerosis. Me enteré de que por poco muere en el hospital.  Había ingresado por un caso de pulmonía. Para ayudarlo, el médico lo inyectó con penicilina, a pesar de que mi madrina le había avisado que era alérgico a esa supuesta dichosa y milagrosa medicina.

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