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El exilio cubano en México
RAúL DOPICO, México, D.F.  

La relación afectiva entre los pueblos de Cuba y México es parte de un mito que durante mucho tiempo se ha sostenido sobre la base de que tenemos una idiosincrasia más o menos afín. Esa afinidad se ha impuesto gracias a los ritmos musicales, a los artistas que llegaron a estas tierras en los años cincuenta y a que hablamos un mismo idioma. Pero cuando un cubano vive algunos años en este país, se percata de que somos bien diferentes y que casi no nos entendemos, porque no hablamos el mismo idioma. Sobre todo, si ha llegado al país en la última década. Ese desencuentro no sólo está relacionado con las profundas diferencias culinarias ni con el avasallante pasado prehispánico del pueblo azteca, sino con elementos sociológicos mucho más complejos de la sociedad mexicana: el racismo, la xenofobia, el conservadurismo y la hipocresía. Todo esto, al margen del apoyo reciente que ha recibido la causa anticastrista de intelectuales de izquierda, que hasta no hace mucho apoyaban a Castro, como es el caso de Enmanuel Carballo.

Sin embargo, México ha sido para los cubanos, desde mediados de los ochenta, un refugio. El Gobierno mexicano, contrario a su antigua tradición, se ha negado durante décadas a dar asilo político a los cubanos (baste citar las negativas a Pedro Aníbal Riera Escalante, ex oficial de la inteligencia cubana, y al periodista Edelmiro Castellanos), en una especie de concesión benefactora con el Comandante.

La comunidad cubana que llegó (y sigue llegando) a estas tierras es numerosa y heterogénea: gigolós, jineteras, músicos, bailarinas, pintores, escritores, directores de cine, actores, periodistas, deportistas y gente común. Unos vinieron por contratos de trabajo reales o ficticios. Otros, mediante matrimonios por conveniencia. Muchos como turistas. Todos se quedaron. La mayoría logró legalizar su status. Cientos viven escondidos de inmigración, mientras esperan tener cómo pagar un abogado que los ayude a regularizar su estancia. Sólo dos cosas nos unen: la nacionalidad y el desencanto por el sistema que gobierna la Isla. Un desencanto que no es reflejo de ningún activismo político (salvo honrosas excepciones), sino más bien de una profunda apatía.

La mayoría de los artistas, escritores y periodistas emigraron en busca de mejores condiciones de trabajo. Han tenido que padecer el acoso de las autoridades migratorias, el desdén, la cerrazón de la prensa mexicana y el ninguneo de la intelectualidad de izquierda. Hoy, no se puede hablar de una presencia real de nuestra vanguardia plástica en las galerías mexicanas ni de escritores publicando en las principales editoriales ni de artistas becados ni de periodistas con espacios en la prensa.

El exilio cultural en México fue diseñado, sin dudas, por los propios funcionarios del régimen, a quienes molestaba la actitud contestaria de una buena parte de la joven intelectualidad que, ante la imposibilidad de seguir ejerciendo una actitud crítica, prefirió emigrar a un país, en apariencia solidario, ya que no lo podía hacer directamente a Estados Unidos. Esta emigración ha sido controlada y vigilada por la embajada cubana y ha mantenido una distancia saludable del exilio tradicional de Miami.

Muchas de estas personas viajan a Cuba. No han podido o no han querido desarraigarse por completo. Deben pedir una visa o asumir el chantaje del Estado bajo el llamado Permiso de Residencia en el Extranjero.

El exilio cubano en México es pragmático y desencantado. Esto, sin embargo, no lo hace culpable de complicidad (oportunistas hay en todos lados). Cada cual tiene que ser dueño del derecho a elegir si desea o no tirar piedras al tirano. Finalmente, en Cuba no han sido muchos los intelectuales que le han tirado piedras a los tiranos. Este exilio no está conformado por los hijos bastardos del castrismo, sino por los hijos de la etapa irremediable de nuestra historia, que les ha sido impuesta. Hijos legítimos con los que habrá que contar a la hora de la reconciliación y la reconstrucción de la nación y la cultura cubana.


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