En casi todos estos lugares sólo el 20% de los trabajadores eran alemanes. El resto procedía de Mozambique, Vietnam y Cuba y eran ellos quienes tenían que trabajar en los departamentos más tóxicos. Esto provocó que muchos enfermaran a causa de la contaminación y la falta de medios de protección. En esas condiciones eran enviados de regreso a sus países. En 1991, después de la unión de las dos Alemanias, estas fábricas fueron cerradas.
Ni los enfermos ni los accidentados tuvieron nunca derecho a recibir ninguna compensación por parte del Gobierno alemán. Nuestro libro verde, llamado paradójicamente "carné para el seguro social y del trabajo", decía textualmente en sus páginas 14 y 15: "Según el convenio con la República de Cuba del 3 de mayo de 1978, no existe derecho a recibir del seguro social de la RDA, pensión de jubilado o de invalidez".
Esta cláusula no sólo afectó a cientos de trabajadores que regresaron inválidos o heridos por accidentes, sino también a muchas cubanas que quedaron estériles al obligárseles abortar pues las autoridades cubanas y alemanas no les permitieron tener sus hijos.
También afectó a los que nos quedamos a vivir en Alemania después de la reunificación, pues el Gobierno de la RFA no reconoce el tiempo trabajado en la RDA para los efectos de jubilación o años de servicio, evitando así complicaciones legales con lo que sucedió al otro lado del Muro.
En el año 88, la fábrica donde trabajaba cerró por un sabotaje que la destruyó casi por completo. Mis compañeros fueron reubicados en otras provincias. Tuve la oportunidad de quedarme en Dresden pues me había casado con una cubana y me trasladaron a su fábrica, donde se construían computadoras y máquinas de escribir. Este grupo radicaba en el edificio central de la Dirección Provincial Cubana. La disciplina era al estilo militar. Por lo más mínimo te regresaban a la Isla. En junio del 89 me vi afectado por las leyes que nos imponían. Mi esposa salió embarazada y, como no aceptamos el aborto, la enviaron de regreso. Mi contrato había sido renovado hasta julio del 90, por lo que tuve que quedarme. Han pasado 12 años y aún no conozco a mi hija.