En enero de 1985 me llegó el aviso de que había sido admitido para "capacitarme" en la RDA como químico. Días después viajé a La Habana donde, durante una semana, nos prepararon psicológicamente para el viaje. Nos hicieron análisis y chequeos médicos y nos entregaron ropa y zapatos.
Al fin llegó el día del vuelo y para decepción de muchos volamos directo a Bruselas y de allí a Berlín. Nunca olvidaré ese día. Había, una temperatura de -15ºC.
Nos dividieron en grupos según el lugar adonde íbamos. Nuestro grupo estuvo 2 horas esperando el ómnibus de la fábrica donde debíamos "capacitarnos". El viaje duró 7 horas hasta el sur de la RDA, cerca de la frontera con Checoslovaquia. Era una aldea con el nombre de Bostendorf, ubicada en medio de los Montes Metálicos Sajones (Erzgebirge), en la provincia de Carlos Marx (hoy Chemnitz). Todo me parecía de película: nieve por doquier y un río congelado.
Cerca de medianoche llegamos a lo que sería nuestra casa, "La Barraca", como la llamaríamos después. El ómnibus no pudo subir la calle helada. Tuvimos que cargar nuestras pequeñas maletas y subir entre resbalones y moretones hasta el albergue.
El recibimiento fue caluroso como si fuésemos nuevos animales llegados a un circo. Los alemanes que estaban allí nunca habían visto extranjeros y menos gente de piel morena y negra. Un amigo del grupo se reía porque los "blancos" le tocaban la piel y el pelo y él les decía "no se preocupen, no tiño". Hasta ahí todo parecía una maravilla, nunca nos imaginamos que detrás de estos "convenios de colaboración económica" se ocultaba una especie de sometimiento legalizado, que estuvo acompañado de hechos humillantes y deshonrosos para los jóvenes que, ilusionados, fuimos inducidos a participar en una forma más moderna de esclavismo.
Al día siguiente, a la luz del sol, pudimos ver adónde habíamos llegado. Desde nuestra barraca se podía ver casi toda la aldea. Eran unas 200 casas que por sus chimeneas despedían un fuerte olor a carbón, una calle principal y cuatro transversales. Tres kilómetros cuesta abajo estaba la fábrica, un monumento histórico de la segunda guerra mundial, construida al lado del río, donde se fabricaba un papel amarillento –papel cartucho, le decimos en Cuba–. Al otro lado del río, el único contacto con el mundo civilizado: una solitaria caseta nombrada Bahnhof, en la cual de lunes a viernes, cada 8 horas, paraba un tren y cada 12, los fines de semana. Alrededor de toda la aldea había montes cubiertos de nieve. Ése era el mundo al que habíamos llegado. Sería nuestro hogar por cuatro largos años.
Esa tarde llegó nuestro jefe de grupo, acompañado de un traductor. Después de saludar a los alemanes se reunió con nosotros para decirnos que su nombre era Rafael, ex oficial enviado desde Cuba por el partido. Nos dio un sermón a lo comunista diciendo que éste era nuestro nuevo frente de batalla y que no olvidáramos que los cubanos no se rajan.