Bajo por Obrapía y llego adonde voy, al domicilio de una familia que tiene un presente para mi nieta. Viven en una amplia habitación, en el primer piso de uno de los tantos solares o cuarterías típicas de la Habana colonial. Regreso por Teniente Rey y en el parque del Cristo entro en una shopping de Habaguanex, empresa comandada por el historiador de la ciudad, Eusebio Leal. Con unos “chavitos” compro dos masarreales. Cuarenta centavos (equivalente a ocho pesos, un día de haber de un trabajador promedio) invertidos en dos dulces que están viejos. Tengo hambre. Me como uno y guardo el otro. Paso por los bajos del Tribunal Provincial Popular. Está lleno de familiares de detenidos enjuiciados ese día o en trámites legales. Se ven jóvenes vestidos de verde olivo: son los combatientes, los que cuidan a los presos. Doblo por Prado y veo a tres combatientes femeninas. Vienen de en vuelta del cine Payret, tomando helado en barquillo, de los que hay por todas partes y cuestan un peso.
Frente al Capitolio paran los “cacharros” con destino a La Lisa. Hasta Cinco Palmas no llegan. Al final del recorrido me bajo y cojo un camión de la ruta Bauta-La Lisa. Vale un peso. Va repleto y es bastante incómodo. Por suerte el tramo es corto. Digo en voz baja: “Esto es como ir al Oeste pero sin caballos ni cowboys”. Dos o tres me miran. No pueden imaginar “la rueda” que he dado. Ni la que me falta por dar.
Tres años atrás, cuando por primera vez fui a Cinco Palmas, donde está la parada había una veintena de vendedores por cuenta propia. Ahora quedan unos pocos. En uno de esos “timbiriches” me tomo un batido de mamey. Tres pesos (0,15 centavos de dólar). Saco el masarreal duro y me lo como. Es mi almuerzo.
Camino unas tres cuadras y busco una carta y las fotos que unos amigos canadienses me han mandado. Recojo unas hojas de culantro, abundante en la entrada de la vivienda donde fui. El culantro me encanta para sopas y es un sazonador de primera para un potaje de frijoles negros.
De nuevo en el Centro Comercial de Cinco Palmas descubro un quiosco donde la oferta es bistec de puerco. Lo dan con pan de flauta, tomate y lechuga. Para quienes gusten del picante, sendos pomos con ají guaguao, cebollino y vinagre. Todo por diez pesos o la mitad de un dólar.
Y me quedo con las ganas. Tengo que aprovechar un taxi cuyo chofer ha ido a un “tente en pie” y ya se marcha. Enrumbo nuevamente hacia el corazón de la ciudad. En el Parque de la Fraternidad —remozado con motivo de la IX Cumbre Iberoamericana, en 1999— cojo el último automóvil, un Ford del 51.
Ninguna de estas máquinas del tiempo posee taxímetro, pero calculo que en cinco horas he recorrido casi cien kilómetros. Siete municipios atravesé: 10 de Octubre, Cerro, Centro Habana, La Habana Vieja, La Habana del Este, Marianao y La Lisa.
Un periplo extenso: gasté menos de 60 pesos (tres dólares). Y tuve el privilegio de contemplar a miles de habitantes de una ciudad semidestruida donde la tristeza y la alegría se mezclan con la misma naturalidad que la música y el llanto en el sepelio de un abakuá.