| Otro costurón en la bola |
|
| Un acuerdo firmado a última hora entre peloteros y propietarios hace posible las próximas temporadas en Grandes Ligas. |
 |
| por JORGE EBRO, Miami |
|
Luego del alivio y la alegría de conocer que la temporada de Grandes Ligas continúa, muchos aficionados han comenzado a darse cuenta de que el arreglo entre el Sindicato de Peloteros y los dueños no es más que un último remendón sobre la piel ajada y rugosa del béisbol.
Alcanzado a sólo tres horas antes del plazo dado por los jugadores para abandonar los terrenos, el acuerdo se saldó con tres grandes resultados: a saber, se aumentó el salario mínimo de 200.000 a 300.000 dólares; no se eliminarán equipos hasta el 2007; y se estableció un impuesto progresivo que supuestamente deberá ir cerrando la brecha entre los mercados poderosos y los débiles.
A simple vista, los peloteros dominaron esta pulseada, pero la puesta en práctica del impuesto de lujo tiene el inconfundible sello de un tremendo golpe propinado por los propietarios a la potente asociación de peloteros, que quiso lanzarse al paro precisamente para evitar una medida que, según los jugadores, funcionaría en la práctica como un techo salarial que erosionaría sus millonarios salarios.
En verdad, y a sabiendas que de pasar de los 117 millones el próximo año serán multados, los dueños de los equipos lo pensarán dos veces antes de aligerar el bolsillo para adquirir superestrellas, como cualquier mortal va al mercado a hacer sus compras semanales.
Ese impuesto a las franquicias de lujo será repartido entre aquellas organizaciones más endebles, como, por ejemplo, los Marlins de la Florida, los cuales, por cierto, se salvaron del hacha de la contracción, por los menos hasta dentro de cuatro años, aunque no de ser trasladados hacia otra área geográfica que dé más calor a un equipo de Ligas Mayores.
No hay que sacar muchas cuentas para saber que los principales perdedores son los Yankees de Nueva York y los Medias Rojas de Boston —y alguno que otro más—, equipos de nóminas astronómicas que ahora tendrán que desviar parte de sus ganancias hacia los eternos perdedores.
Este proceso se irá profundizando con el paso de los años y ya queda claro que en 2007 ambas partes irán a la carga. Si hubo acuerdo no fue por la buena voluntad, sino por las crecientes presiones de la opinión pública y de los intereses económicos aupados en torno al béisbol.
De haberse producido la huelga, las Grandes Ligas hubieran tenido que devolver más de 600 millones solamente a las cadenas de televisión y de radio que poseen los derechos de transmisión, además de que varios anunciantes amenazaron con retirar sus patrocinios.
Pero lo que más pesó en la balanza fue el rugir de los cientos de miles de fanáticos que subrayaron una y otra vez que en esta ocasión no sucedería lo mismo que en la huelga de 1994, cuando volvieron mansamente a los terrenos subyugados por el récord de Cal Ripken y la competencia de jonrones entre Sammy Sosa y Mark McGwire. Ahora, dijeron de parque en parque, el béisbol sufriría tanto que las Grandes Ligas, tal y como han sido conocidas durante más de 100 años, podrían desaparecer debido al poco aforo a las instalaciones. Algo que ya ha comenzado a suceder muy lentamente en ciertas franquicias.
Al principio no les creyeron, pero a medida que se acercó la fecha final, el 30 de agosto, el clamor de indignación —incluido el del presidente George W. Bush— creció tanto que a los dueños y los peloteros no les quedó otro remedio que sentarse a repartir los billones en disputa de la mejor manera posible.
De todos modos, el béisbol se sintió los estragos de tanta avaricia. Las secuelas, imperceptibles ahora, de un acuerdo firmado con apuro, se verán dentro de unos años, cuando este nuevo largo plazo vuelva a revivir el fantasma de otra huelga.

|