Lunes, 03 septiembre 2001 Año II. Edición 183 IMAGENES PORTADA
Deporte
Beijing nos espera

China ya es sede de los Juegos Olímpicos del 2008. Quienes apostaron por ella, suponen que la cita deportiva propiciará una evolución del régimen
por LEONARDO CALVO CáRDENAS  

El gran país cumple su sueño: obtener la sede olímpica. Llega el esperado consuelo a la frustración provocada por aquella estrecha y controvertida votación en la que Sidney aventajó a Beijing en la porfía por la sede de los juegos del 2000.

Nunca dejaré de lamentar que la fiesta deportiva que conmemoró el centenario del olimpismo moderno no se celebrara en Atenas, que los intereses comerciales hayan pesado más que la tradición y los ideales para regalarnos, en Atlanta 96, unos juegos brillantes en lo deportivo y grises en todo lo demás.

Más allá de merecimientos reales o posibles injusticias, la no celebración de los maravillosos juegos de Sidney hubiera sido un crimen de lesa cultura. Participantes con extendida experiencia en eventos múltiples me han testimoniado que lo allí vivido fue probablemente irrepetible.

La última reunión del Comité Olímpico Internacional (COI), celebrada en Moscú, es ya histórica por el traspaso de poderes en la más alta instancia del deporte mundial, y porque China pudo hacer prevalecer sus adelantos económicos y deportivos y sus enormes potencialidades por sobre la lacerante imagen de la represión política, la limitación de las libertades fundamentales, la expoliación de los obreros y el sufrimiento tibetano, fundamentos argumentales de los influyentes opositores de su candidatura.

La decisión está tomada. Esas enormes potencialidades y capacidades, junto al inmenso poder de los "líderes" chinos, garantizan, sin duda, espectáculo de altos quilates para el 2008, ocasión propicia para fortalecer el entendimiento y la fraternidad entre hombres y mujeres de diferentes culturas, y abrir mayores horizontes de libertad para el país más poblado del planeta.

El esperado otorgamiento de la sede olímpica a China coincide con el fin de la era Samaranch al frente del COI.

Como todo hombre a la altura de sus circunstancias y su tiempo, el catalán ha debido derrochar talento y aplomo para enfrentar con más luces que sombras, con más éxitos que reveses, procesos y fenómenos que pusieron a veces en tensión, a veces en peligro, al movimiento olímpico.

Con la convicción de que en los grandes eventos deben participar los mejores deportistas, asumió el reto de la impostergable ruptura de la barrera entre el deporte amateur y el profesional.

En sus veinte años al frente del COI, Samaranch desarrolló enormes esfuerzos para que los cuantiosos beneficios derivados de la alta competición sirvieran para extender el deporte por todo el mundo, estimulando la participación de los países más atrasados.

Antes de marcharse, el catalán presidió la última gran contienda: la aspiración de China a la sede olímpica. Ha abandonado la poltrona de Lausana con toda una historia a cuestas, pero también con la apuesta de Beijing, algo no menos determinante: el mundo aguarda con la esperanza de que tras la Gran Muralla el ideal de Samaranch –y de todos– sea enaltecido y reafirmado.


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