Viernes, 03 agosto 2001 Año II. Edición 175 IMAGENES PORTADA
Deporte
El adiós de un grande

por JORGE EBRO, Miami  

La actual temporada de béisbol de Grandes Ligas podrá ser recordada por muchas cosas, pero sobre todo por el retiro del bien llamado "Caballo de Hierro", Carl Ripken Jr., quien en su extensa carrera no hizo otra cosa que proporcionarle honor a un deporte que no por gusto es conocido como el "pasatiempo de América".

Carl Ripken Jr.
Con una imagen de su padre.
Carl Ripken Jr.

El veterano jugador de cuadro de los Orioles de Baltimore pasará a la inmortalidad por haber roto el récord de Lou Gherig de más partidos consecutivos, que era de 2 130. Antes que Ripken pulverizara esa cifra y la aumentara a 2 632, pocos creían que otro mortal pudiese amenazar la hazaña del primera base de los Yankees de Nueva York.

Se dice fácil, pero hay que estar varias contiendas jugando día tras día, con dolores, con lesiones, problemas familiares, incluso con dificultades anímicas, para saber lo difícil que es no faltar casi nunca al terreno de béisbol. A favor de Ripken, es menester decir que Gherig se desempeñó en la primera base, mientras que él cubría el extenso campo corto, donde la necesidad de movimiento obliga a los músculos a emplearse al máximo, con la posibilidad de sufrir lesiones.

En 20 temporadas, el astro de los Orioles deja detrás una extensa estela de números que envidian cientos de peloteros. Seleccionado en dos ocasiones el Jugador Más Valioso, titular de la Serie Mundial de 1983, bateador de más de 7 000 indiscutibles y más de 400 cuadrangulares.

Sin embargo, Carl Ripken Jr. también será recordado por sus cualidades como ser humano. Un hombre que amó al béisbol en grado superlativo, con una ética laboral inigualable. Es de los pocos –casi una especie en extinción– que se mantuvo fiel a un mismo equipo durante toda su carrera, algo que casi no se ve en la actualidad, cuando tantos intereses monetarios giran alrededor del deporte.

Desde que se conoció la noticia de su retiro, no ha cesado de recibir homenajes. En cada parque donde juegue, la afición y los peloteros rendirán tributo a esta verdadera gloria que se despide. Todos quieren verlo en acción por última vez, correr, batear, hacer un fildeo de leyenda, antes de que sea tarde y cuelgue para siempre los spikes.

En la casa de los Marlins fue así. Aunque vio truncada su cadena de juegos bateando de hit, que se extendió a 15 desafíos, la fanaticada del sur de la Florida, y especialmente la colonia hispana que tanto gusta del béisbol, acudió a darle el adiós a este grande que se retira de los terrenos.

Curiosamente, fue en el sur de la Florida donde Ripken realizó su primer entrenamiento primaveral de pretemporada. En lo que entonces era el Miami Stadium, el jovencito de 19 años templó sus armas y se dispuso a emprender una carrera que hoy alcanza ribetes de leyenda. Hombres como Ripken son los que necesita el béisbol. Peloteros capaces de diseminar la pasión pura por el juego, capaces de atraer a cientos de miles de aficionados con su ejemplo, su entrega. En cierta forma, él le dio a la pelota, en 1995, el espaldarazo que precisaba, luego de la nefasta huelga de 1994.

Con la afición disgustada y el deporte maltrecho, el récord de juegos consecutivos del shortstop de Baltimore era la señal inequívoca de que el béisbol todavía era un espectáculo digno de verse, de que todavía contaba con héroes de carne y hueso, de que seguía siendo el gran pasatiempo de América.


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